[CONOCIMIENTO]

Teoría de la mente

Dos proyectos de enorme ambición científica y cuantiosos costes económicos están siendo llevados a cabo en Estados Unidos y la Unión Europea desde perspectivas distintas y complementarias. El Human Connectome Project, impulsado desde Washington, intenta alcanzar con una precisión elevada cuáles son las vías de conectividad entre las distintas regiones cerebrales. Por su parte, el Human Brain Project supone una contrapartida europea con diversos propósitos que, de ser alcanzados, permitirían en último término obtener una especie de modelo artificial de nuestro cerebro, pero con objetivos parciales que apuntan, por ejemplo, hacia la obtención de la arquitectura funcional de las redes neuronales. Si la iniciativa estadounidense pretende obtener un mapa de lo que podríamos llamar el “cableado” del cerebro humano, la europea se interesa más por la manera como determinadas funciones cognitivas utilizan esas vías de conexión. Ni qué decir tiene que el verdadero conocimiento profundo acerca de nuestro cerebro se tendrá al alcanzar ambas metas: tanto los aspectos estructurales como los funcionales en el campo de la comunicación neuronal.

Mientras se avanza paso a paso por ese camino, algunas investigaciones de carácter innovador consiguen obtener detalles pequeños, pero significativos de ese cuadro cuya imagen completa tardará en estar a nuestro alcance. Un ejemplo excelente es el trabajo de Rogier Marsh, neurocientífico del departamento de Psicología Experimental de la Universidad de Oxford (Reino Unido) y sus colaboradores, quienes el verano pasado publicaron en los Proceedings of the National Academy of Sciences un estudio comparativo de las conexiones que pueden relacionarse con una de las tareas cognitivas más importantes para cualquier primate: la de inferir los pensamientos y deseos de otros, conocida en términos técnicos como “Teoría de la mente” (ToM). Resulta casi imposible proponer a un mono tareas que podamos estar seguros que se encaminan a ese propósito, es decir, estudiar la función en sí misma. Pero la idea genial de Marsh y su colaboradores fue la de comparar la conectividad durante el estado de reposo –sin actividad mental concreta– de las regiones cerebrales que se activan cuando los humanos llevamos a cabo inferencias ToM y comprobar a continuación en qué medida esas regiones se conectan también en los macacos al someterles a una anestesia ligera.

El resultado pone de manifiesto que determinadas regiones, como la parte media del córtex temporal superior –que interviene cuando los monos realizan tareas de procesamiento de caras y otros procesos sociales– cuentan con una conectividad semejante a la que aparece en la ToM humana. Se trata solo de un primer indicio a falta de poder analizar de manera directa la conectividad durante la ToM en los macacos –un programa inviable, de momento– pero pone de manifiesto que la comprensión del “otro” tiene claves compartidas entre nuestra especie y los primates no humanos.

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