[INTERCAMBIO COMERCIAL]

Veinte años después del Nafta

Sería ideal que los países agrupados en el Acuerdo de Asociación Transpacífico participaran en la negociación del tratado de libre comercio con la UE que Obama quiere negociar.
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Cuando le pregunté al entonces candidato a la Presidencia de México, Carlos Salinas de Gortari, que si de ganar la Presidencia negociaría un tratado de libre comercio con Estados Unidos (EU), su respuesta fue tajante e irónica: “¿Quieres que nos coman vivos?”.

La entrevista fue en Guadalajara en 1987, y Salinas temía que la asimetría entre los dos países devoraría al más débil. Tres años después, en Washington D. C., en otra reunión a la que me tocó asistir, el presidente Salinas confirmaba que habían empezado las negociaciones de un tratado de libre comercio entre México y EU.

Tras 20 años de la firma del tratado no solo con EU, sino con Canadá, todas las predicciones de que los gigantes se comerían al pez más chico fallaron, pues los tres países han salido ganando con el pacto comercial, aunque no cabe duda de que el más beneficiado ha sido México. Con la eliminación de tarifas y otros tipos de barreras, el comercio entre los tres países se triplicó y hoy alcanza la cifra de un millón de billones de dólares anuales (1 trillón, en inglés). De 1994 a la fecha, México ha aumentado sus exportaciones de aproximadamente $60 mil millones anuales a unos $400 mil millones. Mejor aún, en vez de exportar mayoritariamente petróleo y materias primas, México exporta ahora además de petróleo, bienes manufacturados: automóviles, teléfonos, refrigeradores, cables y alambres aislados, partes de tractores, grúas, mezcladoras de concreto, unidades radiológicas y televisores. En 2009, México era el mayor exportador de televisores de pantalla plana del mundo.

El tratado de libre comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés) no fue la panacea que sus promotores prometieron. No ha sido factor fundamental en la activación de la economía mexicana ni ha sido fuente importante de creación de empleos. Y si bien el trabajo en industrias de exportación paga mejor, el Nafta no ha subido los salarios del resto de los trabajadores y, sobre todo, no ha servido para detener la inmigración indocumentada a EU.

Pero tampoco produjo el “sonido succionador gigante” de puestos de trabajo que predijeron el inefable Ross Perot, y los sindicalistas y sus voceros para asustar a los estadounidenses. En realidad, la creación o disminución del empleo en los tres países poco ha tenido que ver con el Nafta. Contrario a las predicciones de un sector de la izquierda mexicana, EU no ha abusado de su fuerza para imponer sus condiciones. De hecho, resulta asombroso que en sus 20 años de vigencia se hayan dado tan pocas controversias y que las pocas que ha habido se hayan resuelto de modo civilizado utilizando los propios mecanismos que el tratado produjo.

Entre los beneficios del tratado hay uno que en estas épocas evoca nostalgias, las mayorías en los dos partidos en el Congreso estadounidense se pusieron de acuerdo para aprobarlo. Otro ha creado secuelas, los mexicanos le perdieron el miedo a negociar con el vecino del norte y con el resto del mundo. Después del Nafta, México ha firmado 12 tratados de libre comercio con 44 países y ahora ha sido invitado por el presidente Obama a entrar en sociedad con ocho países de la cuenca del Pacífico a través del Trans-Pacific Partnership o TPP.

En noviembre de 1990 me contaba Salinas que la negociación llegó a uno de sus puntos más álgidos porque el presidente Bush insistía que el petróleo debería incluirse en las negociaciones, mientras que Salinas abogaba porque se incluyera el libre tránsito de personas. Al final del encuentro en Monterrey acordaron que no se incluiría ninguno de los dos temas.

Hoy, las cosas han cambiado. El presidente Obama ha anunciado su intención de negociar un tratado de libre comercio con la Unión Europea (Tafta) y aunque Obama no lo ha dicho, lo ideal sería que los países de la cuenca del Pacífico agrupados en el Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) participaran en la negociación transatlántica. Para México sería ideal participar en esta negociación y su carta fuerte es la reciente aprobación de la reforma energética que permitirá la inversión privada extranjera en la hasta ahora monopólica industria del petróleo.

Quizá entonces la inclusión de temas hasta ahora tabúes sería plausible y se podría hablar del libre tránsito de personas en el hemisferio norte con la misma facilidad con la que se podrá hablar de intercambios energéticos.

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