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[INFLUENCIA]

Venezuela, al borde del abismo

Fidel Castro siempre creyó en la utilización de turbas para lograr sus objetivos. Recurrió a ellas desde que estaba en la oposición a Batista en los años 50.

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Venezuela, al borde del abismo

Luis Almagro ha vuelto a la carga. Al secretario general de la OEA, como a medio planeta, le pareció repugnante el asalto de las turbas chavistas a la Asamblea Nacional. Quiere congregar a los embajadores para examinar ese vergonzoso episodio. Tal vez para condenarlo, si se logran los votos y consigue adecentar el comportamiento miserable de los islotes caribeños comprados por el chavismo a punta de petrodólares.

¿Por qué Maduro propició estos hechos? Por varias razones.

Es lo que suele hacer el régimen de La Habana. Maduro es un simple brazo del gobierno de Raúl Castro. Se trata de un “acto de repudio” cubano realizado en Caracas. Aunque esta suerte de pogromo es orquestado y dirigido tras bambalinas por los servicios de contrainteligencia, es ejecutado por supuestos “ciudadanos indignados que no consiguen reprimir su cólera ante la perfidia de los enemigos de la patria, siempre al servicio de Estados Unidos”.

Esa es la narrativa. No importa que nadie crea esa versión absurda. Es solo una explicación formal para justificar la represión. La función de estas actividades represivas es castigar a los disidentes, intimidar al conjunto de la sociedad para que no se le ocurra vincularse a los grupos de oposición, y construir una realidad paralela de revolucionarios heroicos contra la ultraderecha fascista.

A Maduro no le importa que la OEA o el Mercosur lo condenen. El mundo tiene poca memoria y se cansa rápidamente de protestar. La dictadura puede vivir con esas censuras. Lo que no puede es vivir fuera del poder. La arroparán los comunistas del mundo entero, comenzando por los españoles de Unidos Podemos (esos personajes sin corazón que piden democracia para ellos y tiranía para los demás), la Rusia de Putin, probablemente China, los hermanos de las FARC, Evo Morales, los sandinistas de Ortega, el Farabundo Martí de El Salvador, y el resto de la tribu prototalitaria. ¿Quién recuerda que en 1989 los chinos acabaron a sangre y fuego con las protestas de Tiananmen?

Fidel Castro siempre creyó en la utilización de turbas para lograr sus objetivos. Recurrió a ellas desde que estaba en la oposición a Batista en los años 50. Pero ni siquiera lanzó a sus partidarios de rompe y rasga contra los batistianos. Los usó para amedrentar a los miembros de su propio Partido Ortodoxo que tenían otro concepto de la estrategia de lucha. Fidel Castro, finalmente, decidió morirse hace unos meses, pero dejó como parte de su herencia esa impronta violenta.

Raúl Castro, el heredero, piensa que Nicolás Maduro es un idiota, pero es su idiota. Y la manera de protegerlo es calcando en Venezuela la manera cubana de controlar a la sociedad para que nunca más los venezolanos “contrarrevolucionarios” puedan ganar alcaldías, gobernaciones o la mayoría parlamentaria.

Esto se logra con una Constitución que establezca la sacrosanta primacía de la revolución bolivariana, un sistema de postulaciones que les cierre el paso a los “desafectos” y un modelo electoral de segundo grado que, como sucede en Cuba, garantice que solo ganan los “buenos revolucionarios”.

Es verdad que el 90% de los venezolanos está en contra de la cubanización del país, incluidos muchos chavistas, pero, en la matemática comunista que maneja Raúl Castro, el 10% que respalda a Maduro alcanza para sellar la jaula. El número mágico de la contrainteligencia, espina dorsal de esos regímenes, es de apenas el 0.5% de la población. De los dos millones de adultos que simpatizan con el chavismo, o que se benefician de él, bastan apenas 150 mil personas para echar el cerrojo definitivo.

Los venezolanos tienen pocos días para impedirlo. ¿Quién puede ayudarlos? Estados Unidos examina una propuesta interesante basada en la pugna que existe entre el poder legislativo, respaldado por el voto popular, y el judicial, artificialmente construido por una maniobra del chavismo.

La propuesta de los demócratas es sencilla: abonar en una cuenta escrow el importe diario de la factura petrolera, que es el único dinero en efectivo que entra a las arcas del país, y dejar que la Asamblea Nacional, depositaria de la soberanía popular, decida el momento en que se efectúen las transferencias reales al Tesoro nacional. Esto le daría a la oposición el leverage que necesita para obligar al gobierno a negociar en serio una salida a la crisis. [©FIRMAS PRESS]

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