[UNIÓN EUROPEA]

Xenófobo Cameron

Transcurrido el período transitorio de siete años para implantar su libre circulación por todo el territorio de la Unión Europea (UE), los trabajadores por cuenta ajena búlgaros y rumanos pueden, desde el miércoles, trasladarse a cualquiera de sus Estados miembros e instalarse en ellos.

El primer ministro británico, el conservador David Cameron, ha utilizado esta perspectiva para crear miedo. Lo hizo en un ominoso artículo publicado el 27 de noviembre con el mismo falso argumento usado por el líder ultraderechista austríaco Jörg Haider para intentar torpedear la ampliación de la UE a los países del este: la supresión de fronteras provocaría un alud migratorio de pésimas consecuencias para la economía y los servicios sociales británicos.

Desde que Cameron abrió la veda, algunos de sus ministros han competido para graduarse en su misma xenofobia, proponiendo medidas ilegales como la fijación de cupos anuales, la discriminación en las ayudas sociales a rumanos y búlgaros, o un hostigamiento activo para impedirles el acceso a la vivienda o a la sanidad.

Poca suerte encontrarán en los tribunales, y ello si es que antes los liberales de Nick Clegg no logran abortarlas.

La panoplia de actuaciones agresivas contra conciudadanos europeos ha sido ya deslegitimada por la Comisión Europea y por Naciones Unidas, entre otros. Acaso lo más insidioso de esta deriva, que trueca el tradicional euroescepticismo del conservadurismo británico en agresiva eurohostilidad, sea la falsedad de sus premisas cuantitativas.

Porque no se ha registrado ninguna proclividad de los ciudadanos rumanos y búlgaros a instalarse en Reino Unido: no llegan ni al 15% de los que se han trasladado estos años a España o a Italia. Y también porque quienes piden esas ayudas sociales son poquísimos; y en cuanto a los servicios sociales, los jóvenes inmigrantes figuran entre quienes menos utilizan las prestaciones sanitarias.

Pero sobre todo, porque el precedente enarbolado en su contra, el de polacos y húngaros, no fue, contra lo que esgrime Cameron, “un error monumental” de sus predecesores.

Al contrario, constituyó un flujo muy beneficioso para la economía británica: el saldo neto entre su aportación y su coste se cuenta por miles de millones de libras, y estudios independientes han acreditado que esa inmigración ha incrementado su competitividad.

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