[EXTRACTO]

La Zona Cero despierta

Cuando faltan tres semanas para que se cumpla el décimo aniversario del brutal ataque, el socavón de la Zona Cero y las agrias batallas que ha suscitado comienzan a cerrarse.

Oficinistas, turistas y repartidores transitan por la estrecha acera de Liberty Street en Manhattan, y a la altura del número 120 una docena de personas guarda fila ordenadamente. Esperan su turno para la visita guiada por el perímetro de la Zona Cero, el área de más de seis kilómetros cuadrados arrasada el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones se estrellaron contra las Torres Gemelas y 2 mil 752 personas murieron.

Ahora se escucha el bullicio de grúas y camiones. A pie de calle, la malla que cubre las obras funciona como un cartel e informa de los progresos, animando al viandante a seguir el proceso en la web wtcprogress.com. Hay un aparcamiento y cuatro edificios en construcción. El más alto crece a una planta por semana y ya supera las 80 de las 104 que tendrá. Se trata del rascacielos diseñado por Lieberman, la Freedom Tower que el director del Port Authority de Nueva York y Nueva Jersey, Christopher O. Ward, ha rebautizado como One World Trade Center. “Éramos libres antes del 11-S y hemos sido libres después. Los neoyorquinos no necesitan una torre que se llame libertad, sino que se construya el edificio y saber que pueden ir allí a trabajar”, zanja este empleado público, que al asumir el cargo en 2008 volvió del revés el calendario de las obras y subió 3 mil millones de dólares el presupuesto. El edificio Lieberman es uno de los edificios más caros de la historia, a unos 7 mil euros (10 mil dólares) el metro cuadrado, más del doble que un edificio normal.

Los emblemáticos rascacielos atacados hace 10 años fueron diseñados por Mimoru Yamasaki en la década de 1960, como parte de un proyecto que pretendía revitalizar el sur de Manhattan en unos años en los que la quiebra era la principal amenaza que planeaba sobre la ciudad. Formaban parte del World Trade Center, un complejo que contaba con otros cinco edificios y seis plantas subterráneas en el que trabajaban cerca de 50 mil personas. Tras el atentado de Al Qaeda aquella mañana, todo quedó reducido a escombros.

Nueva York se afana en los preparativos de la inauguración del monumento a las víctimas y la apertura al público de una nueva plaza en el World Trade Center. El día del aniversario habrá un acto oficial con familiares de las víctimas, y a partir del 12 de septiembre el 9/11 Memorial quedará abierto. Aunque las visitas serán gratuitas, habrá que reservar las entradas por internet. Se espera que varios millones de personas lo visiten este año.

El proyecto ganador, Reflecting absence (Ausencia refleja), de Michael Arad y Peter Walker, se impuso frente a los cerca de 5 mil presentados. El monumento toma como punto de partida el espacio que ocupaban las Torres Gemelas: las huellas de los rascacielos quedan convertidas en dos estanques hundidos en el suelo y flanqueados por cortinas de agua. El espacio de las cataratas está rodeado de placas de bronce con los nombres de las 2 mil 983 personas que perecieron el 11-S –en Nueva York, Pensilvania y Washington–, así como los de las víctimas de la bomba que estalló en el World Trade Center en febrero de 1993. Abajo se abre un espacio por donde los visitantes podrán transitar y que comunica con el National 9/11 Memorial Museum.

En la superficie del nuevo World Trade Center se encuentra la Memorial Plaza, en la que se han plantado más de 400 robles, incluido el survivor tree (árbol superviviente), que fue rescatado de entre los escombros en octubre de 2001.

La ciudad de la ambición y el triunfo han vuelto a mostrar su tenaz, resuelto y complicado carácter en estos 10 años. Se tardó ocho meses en limpiar la Zona Cero. Luego llegó el parón. Promotores inmobiliarios, ejecutivos, políticos, grupos civiles y familiares se han enfrentado con furia. Parecía imposible reconciliar el deseo de reedificar en un cotizado solar con el homenaje a los muertos.

El monumento y la reconstrucción de la zona corrían el peligro de convertirse en un acto de propaganda en la lucha contra el terror, en un centro comercial o en una fortaleza. Michael Shulan, director creativo del Memorial Museum, asegura que las complicaciones de este proyecto son un reflejo de los procesos de decisión del sistema: “Puede que sea un poco farragoso, pero así es como funciona una democracia”.

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