[PARLAMENTOS]

El atuendo de sus señorías

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La irrupción de la nueva política en el abanico parlamentario de España no parece haber cambiado gran cosa los vicios bien conocidos de nepotismo, búsqueda de prebendas y abuso del cargo de mi país, unas rémoras que dieron paso a las alternativas actuales por más que con ellas se mantengan.

Lo único que sí que parece distinto es el atuendo de sus señorías, del que tenemos un ejemplo bien notorio a través del actual presidente del parlamento de Baleares, el archipiélago del Mediterráneo en el que vivo. Como el desaliño no es patrimonio exclusivo de él, los analistas del momento político español bucean en las hemerotecas en busca de antecedentes y se han topado con la circular de la Presidencia del Congreso de los Diputados que envió el socialista José Bono, cuando ocupaba el cargo, instando a vestir con el decoro exigible.

No precisaba en qué podría consistir tal decoro, pero los cronistas parlamentarios entendieron enseguida que se refería a la costumbre del entonces ministro de Economía, Miguel Sebastián, de quitarse la corbata en verano. La corbata e incluso la chaqueta se han convertido hoy en prendas del todo prescindibles en los escaños de cualquiera de los parlamentos de España y, así, la polémica arrecia. Viene de lejos, cierto es, y se reduce a decidir si el hábito hace al monje o si son otros los signos externos que ponen de manifiesto la condición de santidad.

En ocasiones me he quejado por escrito de que los profesores universitarios vayan a dar clase, en verano, de pantalón corto y sandalias frailunas –los calcetines aumentan el agravio estético–, pero eran tiempos en los que la sabiduría de las lecciones se daba por supuesta. Hoy, ya no.

Sería todo un alivio discutir acerca del decoro refiriéndose solo al aliño indumentario. Por desgracia lo que anda en juego es algo mucho más preocupante, porque ir a los parlamentos en camiseta, o incluso solo en calzoncillos, sería en último término un asunto de buena educación. Lo peor de todo es que las muestras de carecer de ella son el anticipo de haber perdido los papeles en cuestiones mucho más serias, que incluyen la arbitrariedad y el insulto como conductas habituales.

Los modales, el atuendo y, en general, el decoro son los ropajes con los que se visten una actitud y unas costumbres basadas en el principio irrenunciable del respeto al otro. Si uno puede exigir que se le respete aunque se presente en pijama a la hora de sentarse en el escaño, ha de entender que la contrapartida existe. Y va mucho más lejos.

El problema de fondo no consiste en tender camisetas en las bancadas o en llevar al crío a las cámaras. Tiene que ver con el concepto mismo de la ciudadanía y sus derechos. Por esa vía, en España hemos perdido los papeles, las reglas de convivencia que dieron lugar a la democracia parlamentaria sin que ni Aristóteles ni Cromwell, que yo sepa, tuviesen que dar norma alguna acerca de cómo vestir.

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