[SALUD]

Una bacteria maligna

Es sabido que los médicos odian Google. No hay paciente, como no sea bebé de pecho o anciano comatoso, que acuda al centro de salud, la clínica o el hospital sin haber repasado antes todos sus síntomas. Es seguro que conocerá hasta el diagnóstico de la enfermedad que supone que tiene y habrá tomado buena nota de sus tratamientos, gracias al buscador universal de internet. Pues bien, aunque sea por llevar la contraria –o tal vez porque tengo un médico en casa– yo no hago semejantes cosas. Pero al entrar en las páginas de las revistas científicas, para ver lo que se publica cada semana, la vista se me va, cómo no, hacia aquellos artículos que guardan relación con mis hipocondrías.

Tengo –tenía, hasta que mi médico particular me la curó– una úlcera de duodeno que, como es sabido, procede de la presencia en el estómago de la bacteria Helicobacter pylori. Parece que ese microorganismo infectó a la raza humana nada más aparecer ésta; salió de África con los primeros humanos y es, en cualquier caso, un huésped indeseado de todas las poblaciones de nuestra especie. Para poner peor las cosas, hace tiempo que se conoce el riesgo que existe de que una úlcera de duodeno derive en un cáncer. ¿Por culpa también de la bacteria?

Una respuesta posible aparece con la publicación en los Proceedings of the National Academy of Sciences de un artículo cuyo primer firmante es Isabella M. Toller, investigadora del Instituto de Investigación Molecular del Cáncer de la Universidad de Zúrich. En esa publicación, Toller y sus colaboradores ofrecen pistas acerca de los motivos que llevan a que la infección del tejido gástrico por parte del patógeno H. pylori aumente de manera considerable las posibilidades de padecer un cáncer de estómago. La presencia de la bacteria rompe las cadenas de ADN de las células epiteliales y mesenquimales del tejido gástrico. Si bien los mecanismos comunes de reparación de los ácidos nucleicos se ocupan de minimizar el daño, de mantenerse la infección puede llegar a saturar la capacidad reparadora de las células. Con resultados que podrían ser muy bien uno, al menos, de los factores que conducen hacia el desarrollo de tumores malignos.

Vaya noticia inquietante. Me contagié del Helicobacter pylori siendo un adolescente casi, cuando aún no se sabía siquiera de su existencia. Seguí después el vía crucis mortificante de los remedios inútiles y de sabor asqueroso –Roter, creo que se llamaba– durante años y años. Fue mucho más tarde cuando el Omeprazol nos dio la primera alegría a los ulcerosos. Cómo debe estar el ADN de mi pobre tejido gástrico, ni me lo planteo. La buena noticia es la de que equipos como el de la Universidad de Zúrich están descubriendo los mecanismos asociados a la infección del patógeno. La mala, que de aquí a que ese nuevo hallazgo conduzca a un remedio presente en las estanterías de las farmacias pasarán décadas. Y yo no tengo tanto tiempo por delante.

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