[RELATOS]

Tras cien años de la Gran Guerra

Los países beligerantes se preparan para conmemorar la guerra que supuestamente se peleó ´para terminar con todas las guerras´ y que hoy sigue teniendo una enorme e inquietante relevancia.
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A un siglo de distancia, las causas de la Primera Guerra Mundial siguen siendo uno de los temas más complejos de la historia. Para desentrañar el misterio, o para complicarlo más, dirían otros, se han escrito más de 25 mil textos entre libros y artículos. En su inmensa mayoría, los historiadores se han preocupado por asignar culpas a uno u otro de los países beligerantes, sobre todo al gran perdedor, Alemania. Un empeño que más que contribuir a un mejor entendimiento del conflicto, lo enturbia.

El año pasado, sin embargo, el historiador de Cambridge, Christopher Clark, publicó su versión de la gran guerra en The Sleepwalkers, que parte de una premisa lúcida y novedosa definiendo la guerra “como una tragedia, no un crimen”. En su metódica investigación del complicado asunto, Clark descarta prejuicios muy arraigados en la historiografía tradicional, por ejemplo, sobre la pureza de metas de los serbios, o la moralidad del comportamiento de Gran Bretaña y Rusia, o los temores del Imperio Austro-Húngaro y de Alemania. Si acaso hubiera que repartir culpas en esta guerra entre imperios, argumenta Clark, habría que hacerlo en partes equitativas. Es de esperarse que después de este libro esclarecedor, la catástrofe en la que perdieron la vida unos 10 millones de militares y unos siete millones de civiles deje de ser una vaga y confusa realidad para la mayor parte de la gente.

Pero no solamente los historiadores han contado su versión de los hechos; novelistas, cuentistas y poetas también nos han ofrecido sus relatos de los horrores y de los sentimientos que despierta la guerra, de la pérdida de la inocencia de los jóvenes y de la rabia contra los mercaderes de industria de la guerra, los gobiernos y los ancianos que escudados en el nacionalismo mandaron a los jóvenes al matadero de la Primera Guerra Mundial. Estoy hablando del reclamo que hacen autores como Ernest Hemingway en Adiós a las Armas, Joseph Conrad en The Tale y Robert Graves con su autobiografía Goodbye to All That, y de escritoras que revelan la perspectiva de las mujeres sobre la guerra y sus consecuencias, Katherine Mansfield, en An Indiscreet Journey o Rebecca West en The Return of the Soldier.

De todas, sin embargo, la mejor novela es Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, en la que se narra la agonía de los jóvenes que llegan al frente de batalla “en silencio, de manera inconsciente, tonta, obediente e inocentemente, a matarse los unos a los otros”, según dice Paul Baumer, el protagonista. Irónicamente, Baumer muere el mismo día en el que la oficina de comunicación del Káiser anuncia: “sin novedad en el frente”. Tras un año de su publicación en Alemania, el libro había vendido más de un millón de ejemplares, aun antes de que Hollywood la convirtiera en un clásico del cine.

También los artistas han dejado su testimonio de una guerra en la que muchos de ellos participaron voluntaria o involuntariamente. Presintiendo el inminente desastre, Franz Marc, uno de los fundadores de Der Blaue Reiter, pintó “Los lobos” (La guerra en los Balcanes), en 1913. Tres años después Marc murió en la batalla de Verdún que se prolongó por 11 meses. Max Beckmann pintó el famoso autorretrato en el que se destacan la fuerza de la mirada en sus ojos, la tensión en sus manos y la cruz roja que delata su paso por la guerra. Como enfermero, Beckmann atestiguó el primer ataque con gas mostaza en la tercera batalla de Yprez. Pero de todos los testimonios pictóricos de la guerra, el más conmovedor porque muestra la fragilidad del artista es el “Autorretrato como soldado”, de Ernst Ludwig Kirchner. Un retrato en el que el pintor se imagina a sí mismo en uniforme militar con la mano cercenada y por tanto incapaz de pintar.

En La Gran Ilusión, para mi gusto la mejor película sobre la Primera Guerra Mundial, el gran cineasta francés Jean Renoir plantea de qué forma la voluntad de un puñado de seres humanos trasciende la clase social, el nacionalismo, la política, las ideologías y, sobre todo, la guerra. En la realidad, desafortunadamente este no fue el caso con la Primera Guerra Mundial, la guerra que se peleó para terminar con todas las guerras terminó propiciando otra guerra de mayor proporción en la que murieron más de 60 millones de personas, es decir, aproximadamente el 2.5% de la población mundial en ese momento.

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