[ESTUDIO]

Somos lo que comemos

Especialistas en nutrición, médicos, antropólogos e incluso filósofos concuerdan en dar por cierta la frase que encabeza esta columna. Las consecuencias que cabe extraer de ella, habida cuenta del incremento continuo de las tasas de obesidad mórbida en nuestras sociedades, asustan. Pero en ocasiones puede uno olvidarse del problema grave que supone tener ya tantos humanos con sobrepeso como víctimas de la hambruna para adentrarse por territorios mucho más curiosos. Es lo que han hecho Chris Organ, del departamento de Biología Evolutiva de Harvard (Estados Unidos) y sus tres colaboradores, mediante un estudio, publicado en los Proceedings of the National Academy of Sciences, USA. El trabajo se dedica a analizar el cambio evolutivo del tiempo que destinamos a comer. Aunque estemos seguros de que somos unos glotones, lo cierto es que perdemos muy poco tiempo a lo largo del día para alimentarnos –de ahí, supongo, el éxito de la fast food. Si tomamos el promedio de los primates no humanos como medida, resulta que nuestra especie dedica solo el 4.7% de su tiempo a la comida, mientras que de actuar como otro primate cualquiera de nuestro tamaño deberíamos emplear hasta un 48%. La diferencia es gigantesca y cabe preguntarse cuándo se dio un giro tan radical a la tendencia común dentro de nuestros parientes cercanos.

Es eso, precisamente, lo que han estudiado Organ y sus colaboradores, llevando a cabo un análisis del cambio en el tamaño de los molares en relación con el volumen del cráneo. Dos razones les han llevado a elegir ese parámetro. La primera, que en monos y simios hay una relación directa entre el tamaño de los molares y el tiempo dedicado a alimentarse. La segunda, que el registro fósil contiene molares de todas las especies, en la práctica, del linaje humano. Así que estudiando el tamaño de los molares frente al del cráneo, cabe inferir pautas que indiquen una disminución importante de las muelas, como indicio de un menor tiempo empleado en la tarea de comer.

Los resultados obtenidos por Organ et al indican que es probable que fuese Homo erectus del Pleistoceno Medio el primer protagonista en la tarea de perder, a la vez, tamaño de los molares y tiempo de comida. No parece que sea casual el que a esa misma especie se le atribuya la primera manipulación de los alimentos sometiéndolos al calor del fuego. Y los cambios esenciales en la manera de comer que ha llegado hasta nosotros debieron aparecer antes de la primera salida de África de nuestros antepasados. Puede, incluso, que alguna especie anterior al Homo erectus como Homo hablis o bien Homo rudolfensis tratase en alguna manera los alimentos, pero Organ y colaboradores sostienen que sería una costumbre esporádica y, en cualquier caso, harto improbable antes de que, hace cerca de 2 millones y medio de años, apareciese el género Homo, que es el nuestro.

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