[DISPUTA TERRITORIAL]

La difícil reconquista argentina

El contencioso por el archipiélago de las Malvinas o Falklands sigue sin avance. Argentina tiene difícil la reconquista, además, no es el mejor momento para pedir apoyo internacional.

El pasado 14 de junio se cumplieron 30 años del cese de las hostilidades de la Guerra de las Malvinas, hecho lamentable que protagonizaron Argentina y el Reino Unido por la soberanía de los territorios australes. No sé si 30 años no son nada, como sugiere un hermoso tango de Gardel, pero el contencioso por el archipiélago de las Malvinas o Falklands sigue sin avance.

La amarga disputa luce como un resabio de la colonización, difícil para Argentina por cuanto no puede ignorar la tradición de siete generaciones que han vivido en esos territorios con arrojo de señor y dueño. Y su reiteración reciente ante el Comité de Descolonización de la ONU, de que el archipiélago le pertenece, deja una profunda inquietud porque la sola reclamación es en sí un renovado acto de coloniaje, toda vez que ya los kelpers (isleños) han reiterado que prefieren ser británicos, eso le da otra connotación al tema. El litigio no es una faena a dos bandas, hay tres partes involucradas, y una de ellas son los 3 mil lugareños. Los argumentos de qué tan cerca están los archipiélagos de uno y otro país, de quién llegó o se estableció primero, languidecen ante los deseos ancestrales de los habitantes de las islas Malvinas o Falklands, una de las tesis británicas. El Gobierno argentino no acepta la teoría universal de pleno derecho sobre posesión, por relación fidedigna de población y territorio, so pretexto de que los isleños fueron plantados allí.

La historia de hechos acaecidos durante los últimos 250 años es tan exuberante, llena de realismo mágico y tan impugnable a la vez, que cada argumento posterior mata al que precede. Argentina dice haber heredado los derechos sobre las islas en 1776, cuando los españoles abandonaron esas posesiones, y que posteriormente los argentinos la reafirmaron cuando se independizaron en 1816; los británicos arguyen que han ocupado desde 1765 de forma pacífica, continua y efectiva, sin reclamación alguna hasta 1982 y las exigencias posteriores.

Si bien no hay un interés manifiesto de entablar una negociación formal sobre el contencioso por parte del Reino Unido, que resulta evidente y es constantemente denunciado por la contraparte, tampoco hay la intensión declarada de Argentina de someter el caso –que sería lo ideal– ante un tribunal internacional, por los riesgos que supone nada menos que ambos países pierdan sus pretendidos derechos ante el principio universal de libre determinación de los pueblos o derecho de autodeterminación que consagra la Carta de la ONU y un sinnúmero de resoluciones de la Asamblea General del mismo organismo. De allí que apuesten por un pulseo político público en donde llevan sus exigencias en términos de descrédito y acusaciones mutuas. Argentina dice que los británicos son arrogantes, los británicos acusan de que la renovada actitud y ataques del Gobierno argentino son en realidad porque su economía es un desastre, con una desaceleración económica y una inflación cabalgante, de modo que les resulta más llevadera la crisis interna entreteniendo a los nacionales con un conflicto internacional, tan similar a los acontecimientos que llevaron a los militares argentinos de la dictadura a la perniciosa aventura de la guerra en 1982.

Pero los británicos no se han quedado allí, han propuesto celebrar un referendo para mediados del próximo año para que los habitantes del archipiélago decidan su suerte y estatus político, manifestando si quieren ser británicos o argentinos, que si bien ya podemos adivinar su resultado, no terminará la sucesión de reclamos por cuanto un artículo de la Constitución argentina de 1994 obliga a cada Gobierno a reclamar ahora pacífica y diplomáticamente su derecho sobre las Malvinas.

Argentina tiene difícil la reconquista; además, no es el mejor momento para pedir apoyo internacional, por cuanto si algo despierta la presidenta Kirchner es desconfianza. Todos han sido testigos del despojo que le asestó a una empresa española que operaba en su país, sin respeto alguno por el orden jurídico interno e internacional. Tampoco es previsible que el resto de los gobiernos latinoamericanos acudan en su ayuda, una gran mayoría de naciones están ocupadas en resolver sus propios diferendos de límites territoriales, marítimos y fluviales, como para apoyar tesis que, posteriormente, se usen en su contra. Tal vez, a la Kirchner sí le caiga el apoyo de Venezuela, Nicaragua y Cuba, sin Bolivia esta vez, que no arriesgará nada para no dañar su pretendida salida al mar.

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