[ESTADOS UNIDOS]

Contra el discurso de odio

El lenguaje que ofende, amenaza o insulta a grupos de personas por su raza, color, religión, origen nacional, orientación sexual o discapacidades es una afrenta a las reglas de convivencia.

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Contra el discurso de odio

Entre las muchas incertidumbres que nos deja la elección de Donald Trump una de las más preocupantes es su manera de hablar y las consecuencias o secuelas que tiene entre sus seguidores oír al presidente electo utilizar ese lenguaje irrespetuoso, vulgar, plagado de mentiras obvias e insultante.

Con Trump ha sucedido un fenómeno inexplicable que la reportera Selena Zito fue quizá la primera que lo notó. Mientras la prensa examinaba literalmente las declaraciones más extravagantes de Trump y lo hacía sin tomarse muy en serio al candidato, sus seguidores seguían el camino inverso tomándose muy en serio al candidato, pero sin interpretar literalmente sus disparates.

¿Debemos tomar en serio lo que dice? O ¿debemos sobrentender lo que quiere decir y no tomar sus palabras literalmente? Por ejemplo, cuando Trump dice que el informe de la CIA afirmando que Rusia intervino en la campaña electoral para favorecer su candidatura es “ridículo”¿debemos tomar en serio al presidente electo y disculpar el uso del adjetivo no tomándolo literalmente? Si esto es así, ¿cómo sabremos cuándo creerle al presidente electo si no tomamos sus palabras literalmente?

Lo más grave del discurso trumpiano, sin embargo, es que a un sector de la población le empiece a parecer normal y saludable hablar como Trump. Recién terminada la elección, al término de una conferencia para celebrar el triunfo de Trump y promover un Estado nacionalista-blanco en Estados Unidos, un neonazi llamado, Richard Spencer, terminó su discurso con un “ Hail, Trump”, mientras los participantes, de pie, repetían la arenga haciendo el saludo nazi. Y la semana pasada, durante una protesta en una universidad de Texas, Spencer declaró que está“tratando de ‘normalizar’ lo que ustedes llaman ‘racismo”.

Esta “normalización” del racismo no solo está sucediendo en Estados Unidos (EU). Según el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Zeid Ra’ad Al Hussein, “la retórica de las medias-verdades y las simplificaciones excesivas (yo agregaría: como las de Trump acusando a los mexicanos de ser criminales y violadores, y a los musulmanes de ser terroristas), alimentan prejuicios y fomentan la persecución… la retórica llena de odio ya forma parte del discurso consuetudinario de grupos neofascistas, nativistas y supremacistas blancos en Estados Unidos y en Europa”.

En Alemania, el país que con mayor rigor ha expiado su atroz pasado, el lenguaje nazi parece querer resurgir. Con el arribo de refugiados sirios, afganos y africanos al país ya hubo una legisladora que advirtió sobre la amenaza de una Umvolkung o “conversión étnica” de la identidad alemana. Umvolkung es una palabra popularizada durante la dictadura nazi.

En Holanda, el líder nacionalista Geert Wilders acaba de ser declarado culpable de insultar y discriminar a “un grupo entero de la población” (los marroquíes) al pedirle a sus seguidores que se adhieran a su petición de prohibir su emigración al país.

Trump, Spencer, la legisladora Alemana, y Wilders alegan que su discurso está protegido por la libertad de expresión sin considerar que el lenguaje que ofende, amenaza, o insulta a grupos de personas por su raza, color, religión, origen nacional, orientación sexual o discapacidades es una afrenta a las reglas de convivencia civilizada.

Es cierto que en EU la Primera Enmienda de la Constitución protege el discurso y el sentimiento neoazi, pero en Canadá, Gran Bretaña, Francia, Alemania, Holanda, Sudáfrica, Australia e India, y otros países, se respetan las convenciones internacionales que prohíben el llamado discurso de odio. En Israel y en Francia se prohíbe la venta de símbolos nazi como las esvásticas, y en Canadá, Alemania y Francia negar el holocausto es un acto criminal.

Concuerdo con los países que prohíben el discurso de odio pero dejo la última palabra a Jorge Luis Borges, quien en la década de 1940 escribió este memorable texto: “La palabra problema puede ser una insidiosa petición de principio. Hablar del problema judío es postular que los judíos son un problema; es vaticinar (y recomendar) las persecuciones, la expoliación, los balazos, el degüello, el estupro y la lectura de la prosa del doctor Rosenberg”.

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