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El dogma del ´Lulismo

En su afán por exorcizar su pasado, algunos políticos latinoamericanos se han afiliado al ´Lulismo´ sin considerar que el modelo ni es original ni es exportable.

Convencido de que la única forma de ganar la Presidencia de Brasil era posicionarse como un candidato moderado, en 2002, Luiz Inacio Lula da Silva escribe una “Carta a los brasileños” en la que se compromete a mantener las políticas económicas de su antecesor Fernando Henrique Cardoso e “inventa” un nuevo fenómeno político y social llamado “Lulismo”.

A partir de ese momento, los medios de comunicación, la academia e inclusive las autoridades de muchos países canonizan a Lula y propagan por todo el hemisferio americano las virtudes del “Lulismo” como una especie de exorcismo, coartada, prueba de pureza, certificado de buena conducta y, sobre todo, como el antídoto perfecto contra el “Chavismo”.

En unos cuantos años, la labor pastoral de Lula en el hemisferio da resultados. En El Salvador, por ejemplo, en su avidez por ahuyentar los fantasmas de su antigua afiliación al FMLN, Mauricio Funes repite una y otra vez durante su campaña presidencial que su “modelo a seguir es Lula, no Chávez”. Unos meses más tarde fue José Mujica, el candidato uruguayo a la Presidencia quien invocó a Lula para despejar dudas sobre su pasado Tupamaro, declarando que su modelo de gobernante era el de Lula y no el del líder caribeño. Otro tanto hace Ollanta Humala en su campaña por la Presidencia de Perú, asegurándole a los electores “que si existe un modelo exitoso a seguir en Latinoamérica es el de Lula da Silva con Brasil”.

Si juzgamos al “Lulismo” en función del éxito de los conversos, no cabe duda que el exorcismo funcionó. Los tres afiliados al Lulismo son ahora presidentes en sus respectivos países, pero sus triunfos no significan que eso que llaman Lulismo sea una doctrina o que sea “trasplantable” a países tan distintos a Brasil como lo son El Salvador, Uruguay o Perú.

Pero empecemos por entender en qué consiste el llamado Lulismo analizando sus tres elementos centrales. En primer lugar, el ascenso del mayor representante del sindicalismo organizado al poder le permite al nuevo presidente-líder obrero cooptar a los movimientos sociales.

Tal y como pasa en Cuba y sucedía en la Unión Soviética, Lula presume que en el momento en el que el líder de los trabajadores toma el poder, los movimientos sociales y los sindicatos se vuelven instrumentos al servicio de la Presidencia.

El segundo factor, afortunadamente para Brasil, es que Lula no sigue el modelo soviético ortodoxo que se esperaba de él dado su historial personal sino que desplegando inteligencia y pragmatismo adopta como suyas las políticas económicas conservadoras de su predecesor, Fernando Henrique Cardoso, que privilegian el crecimiento dentro del capitalismo más ortodoxo.

Un tercer factor, no menos importante, es que Lula le añade a su estrategia un agresivo programa de políticas sociales cuyo objetivo central es la reducción de la pobreza.

Los resultados positivos de estos 16 años de continuidad política son innegables y están a la vista de todos. Brasil ha pasado de ser un país de gran potencial a una de las 10 potencias económicas del mundo y la nación dominante en América Latina.

Pero lo que los legionarios de Lula han ignorado es que los ejes del programa de gobierno de Lula, por ejemplo “Bolsa Familia”, ya habían sido implantados, con distintos resultados, en países como México y Chile, y que fueron los chilenos quienes primero ejecutaron con gran éxito un programa de gobierno que le dio impulso al crecimiento económico, a la apertura al comercio exterior, a una rigurosa política fiscal y a un agresivo programa de reducción de la pobreza.

También se ha ignorado que la criminalidad, la desigualdad y la corrupción hoy siguen agobiando a Brasil, y las fallas monumentales de una cínica política exterior que permite defender los principios democráticos de manera selectiva, abstenerse de criticar a los peores violadores de los derechos humanos y apoyar incondicionalmente a la dictadura castrista en Cuba, y a los regímenes autoritarios en Venezuela e Irán.

Así las cosas lo que habría que preguntarse no es solamente si el “Lulismo” es exportable sino si vale la pena intentar imitarlo.

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