[GOBIERNOS DEPREDADORES]

Las estrategias del tero

En política el grito de locura, como el del tero, nos distrae de la cuestión que es restablecer los límites. No se requiere equilibrio emocional, sino equilibrio constitucional.

El tero, conocido también como avefría, alcaraván, caravana, fraile, queltehue, leque leque, teruteru, traile, treile, trel o triel, es el ave que tiene la habilidad de poner los huevos en un lugar y gritar en otro. Emite un sonido estridente con lo que convence al eventual depredador de que su punto débil está en un lugar distinto al real.

Podemos reconocer la estrategia del tero en varias acciones de gobernantes de turno. El déspota plebiscitado Hugo Chávez insinuó que Estados Unidos podía estar manipulando una tecnología que provocara los casos de cáncer entre los mandatarios de izquierda. Sin embargo son otros los padecimientos que tienen en común los mandatarios que Chávez identifica como de su propio juego.

A veces hacen afirmaciones disparatadas como la citada de Chávez, la “pollofobia” de Morales, los cerditos afrodisíacos de Cristina Kirchner. A veces lanzan cruzadas contra los medios de comunicación y muestran una paranoia con la información como Correa o Ricardo Martinelli desde las mal supuestas antípodas ideológicas. O hacen todo junto y cometen todo tipo de tropelías más también ¿Locura? Martinelli hasta juega publicitariamente con su pretendida locura. Lo mismo hizo Cristina Kirchner en la última campaña electoral.

El abuso de la psiquiatría nos lleva muy rápido a la utilización de esa palabra, como si ya no quedaran miserables en el mundo y todos se hubiera convertido en enfermos. Antes se los combatía con acciones políticas, ahora se espera la pastilla que los equilibre. En política el grito de locura, como el del tero, nos distrae de la cuestión que es restablecer los límites. No se requiere equilibrio emocional, sino equilibrio constitucional.

Gobiernos como el de Argentina, Ecuador, Nicaragua, Bolivia o Venezuela, hacen gala de su falso carácter de “democráticos”. En ninguno de esos países hay en rigor un gobierno “popular”. No son gobiernos del pueblo, un conjunto indivisible, por el pueblo y para el pueblo, como bien definía Abraham Lincoln a la democracia, sino grupos de depredación en uso descarnado del poder, que protegen a unos y atacan a otros.

Esa invocación de democratismo desconcierta, desorienta a los críticos como el grito del tero. Como si una votación que decidiera la aniquilación de una minoría tuviera que ser aceptada por su “legitimidad”.

El tero también dirige los esfuerzos de sus enemigos (ellos no tienen adversarios) hacia los comicios como objetivo único, como si ahí se dirimiera la existencia de la libertad se absolvieran todos los crímenes, para que una vez ungidos por el voto puedan arrasar con todo. Las víctimas terminan legitimando el sistema cuando creen que la libertad se recupera ganando las próximas elecciones. Cuando las pierden se quedan sin argumentos. Como los jugadores de un partido de fútbol que intentaran mejorar su juego mientras el réferi hace goles para el equipo contrario. Ninguna Constitución fue consecuencia de una votación, sino que las democracias fueron la consecuencia de las constituciones, y estas de las acciones políticas que las precedieron.

Entiéndase bien que no estoy proponiendo la solución falsa del golpe de Estado. El tero ha sido eficiente en gritar “democracia” para que sus enemigos no adviertan que está protegiendo una dictadura. Hablo en realidad de restablecer la democracia, equilibrar lo desequilibrado, detener el desenfreno, legalizar al sistema. Para después votar y que el resultado tenga valor.

El tercer problema se da cuando la sociedad se ha rendido al poder omnímodo, el grito final del tero señala a un ilusorio enemigo que es la prensa independiente. Un enemigo que no le disputa el poder, que en la dispersión termina diciendo lo que los opositores no dicen, incapaz de capitalizar el lugar de contendiente que el tirano les da.

Un medio no puede generar seguridad ni actuar de protector o contrapeso. La prensa no es un cuarto poder, salvo cuando cuando la violencia ha sido excluida en la sociedad, cuando se respetan los derechos individuales, sobre todo la propiedad que es la fuente de la independencia personal. Si una sociedad asume que la propiedad es un asunto de “materialistas”, si se ha sembrado la desconfianza a la ambición privada, el déspota tiene la mitad de la batalla ganada.

El periodismo es un faro que ni siquiera tendrá nunca la “santa” fuente del voto para oponerle al que la tiraniza en nombre de la “voluntad mayoritaria”. Un enemigo barato que encima ante sus denuncias en el vacío tranquiliza a la sociedad ante la ilusión de que alguien está hablando por ellos y ensombrece a los verdaderos contendientes y encima cada vez que informan de los crímenes del déspota están bajo sospecha hacerlo por enemistad.

Por último en el juego de la legitimidad simulada, los opositores tratan de demostrar que son más buenos que el tirano. Nada lo puede ayudar más, porque él está interesado en mostrarse como el más malo de todos. No juega a la democracia como sus rivales. El usa el poder sin ley, y su popularidad se sustenta en el sometimiento de la sociedad que le teme.

Grita el tero y el problema que tenemos con los despotismos plebiscitarios no está en el equilibrio emocional del déspota o en las elecciones “limpias” ni en el restablecimiento de la libertad de expresión, tampoco en la capacidad de los opositores de juntarse para las elecciones, ni mucho menos depende de que “la gente se de cuenta”. Ya se dio cuenta de más cosas de las que se dieron cuenta los que no logran liderarla y está sometida porque el ambiente en el que vive está lejos de ser una democracia. Primero debe haber democracia, después se debe votar. Y si parece raro es porque no se entiende qué significa esa palabra.

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Cortesía/Sinaproc

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