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[CORRUPCIÓN Y CACIQUISMO]

La falacia final de Evo Morales

Una falacia es ‘engaño, fraude o mentira’, y eso es lo que la metodología castrista ha impuesto como regla de acción política en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, entre otros países.

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La falacia final de Evo Morales

Como todos los gobernantes del socialismo del siglo XXI, Evo Morales llegó al poder y lo ejerce basado en propuestas, ofertas, compromisos, promesas, proyectos y políticas, cuya falsedad e impostura están probados por la realidad objetiva.

El proyecto castrochavista en América Latina presentó al jefe de los cocaleros de Bolivia como indígena democrático y –derrocamiento del presidente constitucional por medio– lo llevó a la Presidencia de la República de Bolivia para que la destruyera y suplantara, con lo que hoy es su Estado plurinacional. Luego de casi 11 años, convertido en dictador y derrotado en el referéndum del 21 de febrero pasado, Morales desafía al pueblo para permanecer indefinidamente en el poder, en lo que históricamente es su falacia final.

Una falacia es “engaño, fraude o mentira”. Es el “hábito de emplear falsedades en daño ajeno” y eso es, precisamente, lo que la metodología castrista ha impuesto como regla de acción política en Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, sus países satélites del socialismo del siglo XXI. Se presentaron como liberadores de sus pueblos y los han sumido en la crisis y la pobreza, retrasándolos por décadas; se ofrecieron como honestos servidores y se han enriquecido como maestros de la corrupción y el latrocinio transnacional organizado; se llenaron la boca de antiimperialismo y sometieron a sus pueblos a la dependencia, el hambre, la miseria y el neocolonialismo; hablaron de desarrollo y convirtieron sus países en narcoestados, países de tránsito y consumo de drogas; propusieron independencia y adquirieron deudas indeterminadas que hipotecan las próximas generaciones.

En el caso de Bolivia, como parte de las falacias, presentaron, como indígena, al mestizo boliviano Morales, fruto de la revolución nacional de 1952; vendieron como campesino al productor cocalero y defensor del narcotráfico; lo disfrazaron de pacifista pretendiendo incluso el Premio Nobel de la Paz para el más violento caudillo responsable de decenas de crímenes, como cocalero, y de más de 20 masacres sangrientas en su gobierno; dijeron que era aimara, pero no habla ninguna lengua nativa del territorio boliviano y menos el aimara; ofrecieron profundizar la democracia e impusieron su modelo dictatorial confesando públicamente que: “sometidos a la ley a veces casi no se puede hacer nada” y que “le mete no más”.

Morales ofreció cambio y lo produjo, pero para mal, pues representa corrupción, crisis, despilfarro de los recursos públicos, incapacidad, desinstitucionalización, dependencia, deuda, amenazas, presos políticos, perseguidos y exiliados políticos, menos libertad, periodistas despedidos, nuevos ricos por corrupción, menos transparencia, control de todos los poderes del Estado, ausencia de Estado de derecho, violación de los derechos humanos, fraude electoral, control de prensa, enajenación de los recursos y del patrimonio nacionales, sicariato judicial, inseguridad ciudadana, narcoestado con incremento del consumo de drogas, dependencia.

Cambió la República de Bolivia y la libertad de los bolivianos por un Estado de modelo castrochavista para simular que hay democracia y perpetuarse en el poder. Reemplazaron las instituciones republicanas por el capricho de Morales y su entorno de complacientes y corruptos que se disputan el control absoluto de todo lo que pueda darles más poder y dinero mal habido.

Por los resultados se tiene a Bolivia entre los tres países más corruptos de la región, es el segundo productor de coca y cocaína del mundo, es una amenaza de seguridad y narcotráfico para todos sus vecinos, es parte de las cinco dictaduras del denominado socialismo del siglo XXI, sufre crisis económica creciente, no hay prensa libre, ningún indicio que indique transparencia, tiene más de mil 200 exiliados en 6 países del mundo, centenas de perseguidos, decenas de presos políticos y crímenes de Estado. Morales se jacta de haber roto el récord de gobernar por más de 10 años, sin explicar que para llegar a ese término ha cometido un verdadero “concurso delictivo”, desde delitos contra la moral pública y en contra de la patria, hasta delitos de lesa humanidad, dividiendo al pueblo, masacrando a los que se resistieron y entregando la soberanía nacional con hechos armados perpetrados por intervención extranjera. El pueblo lo sabe y, por eso, lo llama “el gobierno de la mentira” y quiere que se vaya pronto.

Luego de haber impuesto su propia Constitución y haberla violado para seguir de jefe de Estado, el 21 de febrero el pueblo le dijo: “no más Evo”, dándole una oportunidad de salida. Pero los dictadores no se van, por eso, Morales ensaya ahora otra falacia para habilitarse nuevamente como candidato en la farsa electoral que tiene montada. Se trata de maniobras de apoyos sindicales y de movimientos alentados por la corrupción y el caciquismo, con sus autoridades electorales y judiciales listas para prevaricar, con propaganda nacional e internacional pagada, con costosos relacionistas públicos, lobbies y presiones de todo tipo. Es el aparato de la corrupción funcionando para sostener la “impunidad”, como única garantía, frente a la rendición de cuentas que reclaman los bolivianos. El terror de los oficialistas es que si Morales deja el poder y se restablece la democracia, el entorno y los nuevos ricos de la “evoburguesía” no tendrán escapatoria.

Por eso, aun si la manipulación resulta, Morales no podrá beneficiarse de ella, porque ya no existen condiciones sociales, políticas, económicas ni internacionales. El siglo XXI está en su etapa terminal y su dictador cocalero no es la excepción. Para Morales es solo una falsedad más y está acostumbrado a ser exitoso mintiendo, pero para los bolivianos es la falacia final.

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