[FRACTURA SOCIAL]

La gobernabilidad de Venezuela, bajo amenaza

Maduro intenta gobernar bajo sospecha, negado al servicio de la verdad; en un país cuya mitad cree burlada su voluntad y que, junto a su otra mitad, le espera el calvario de la recesión.
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En condiciones de normalidad, en una república donde la Constitución es interpretada cabalmente, sin sufrir mutaciones de conveniencia por jueces políticamente comprometidos, y en la que los ciudadanos cuenten con la garantía de sus derechos bajo poderes públicos independientes, Henrique Capriles sería, sin lugar a dudas, el actual Presidente de los venezolanos.

No cabe, con ello, subestimar la militancia amalgamada a su alrededor por el carismático presidente fallecido, Hugo Chávez. Ella ha sido forjada en una Venezuela que pierde su cohesión social a finales del siglo XX; bajo el criterio hegemónico que anida en el mismo Chávez como el soldado que fue; y dada la cultura asistencialista que refuerza durante sus años de mandato. Pero el tsunami de votos –de los cuales cinco millones son pobres– recibido por Capriles revela que la comedia revolucionaria se acerca a su final.

Acaso los actores son los mismos, “mientras tanto”, pero falta el protagonista. La trama que ahora los obliga es otra.

¡Que el sucesor impuesto por La Habana, Nicolás Maduro Moros, confirmado por el moribundo presidente antes de partir hacia su Gólgota, ocupe hoy la silla de Miraflores y arguya haber ganado en comicios limpios, con un magro 1% de diferencia, no cambia la realidad!

Acaso vieja, pero encubierta, esa realidad nueva muestra datos de significación: 1. La Unidad, como expresión de quienes defienden el sistema democrático verdadero, obtiene más votos que el partido único oficial, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), quien hubo de completar su precio electoral con los centavos que le aportan los micro-partidos que son sus clientes de ocasión; 2. Tres lustros de pedagogía marxista, bajo dirección de cubanos diseminados por toda la estructura del Estado y la organización comunal que aún hoy intenta sustituir las formas republicanas, no han logrado cambiar la esencia del venezolano, pues se acostumbró a vivir en libertad; 3. Venezuela, si se aceptan los resultados electorales oficiales, muestra estar partida, políticamente, en dos mitades exactas; 4. La negativa del “ministerio electoral” –cuatro de los cinco miembros del poder electoral son militantes del oficialismo– en cuanto a realizar una auditoría imparcial y objetiva, que despeje las dudas sobre la elección realizada y eventualmente confirme al mismo Maduro, le hace perder a este y al CNE toda legitimidad.

Maduro no las tienes consigo.

La gobernabilidad, que es cualidad de las comunidades políticas donde se da la obediencia cívica a los gobiernos que estas aceptan como legítimos, hace falta para alcanzar la gobernanza –el ejercicio efectivo del gobierno– y aún más para la gobernanza democrática. De modo que no se trata de un asunto de más o menos votos, como lo cree Maduro. Cuentan más las fracturas sociales existentes.

Rafael Caldera ejerce su último gobierno hasta 1999 con apoyo de una minoría mayor dentro de varias minorías y en medio de la anomia nacional. Ya es global la crisis de las democracias dentro de la misma democracia y el repliegue estructurador de los Estados y los partidos políticos. No obstante, nadie pone en duda su legitimidad para gobernar; pero el cuadro señalado le obliga –para hacer viable su gobernanza– al aseguramiento de la gobernabilidad reuniendo consensos –incluso precarios– entre los pedazos del rompecabezas nacional. Pudo conjurar la violencia y darnos la paz. No fue derrocado. Tampoco se derrumbó.

Maduro no advierte, por lo demás, que es un “civil” dentro de un régimen de factura militar, penetrado por la corrupción y el narcotráfico, que son los factores de mayor disolución social contemporánea.

Intenta gobernar bajo sospecha, negado al servicio de la verdad; en un país cuya mitad cree burlada su voluntad y que, junto a su otra mitad, le espera el calvario de la recesión económica. No hay dineros –el déficit alcanza a 19 puntos del PIB– para situar la disyuntiva, siquiera, sobre el terreno que antes pisara Wolfgang Larrazábal, en 1958, con su plan de emergencia para la distracción popular: ¡O plata, o plomo!, se dice entonces. Y se ha ausentado para siempre el último traficante de ilusiones que nos lega nuestra tradición de caudillos, quien hizo ver virtudes en las desgracias del pueblo venezolano.

Hemos llegado al “llegadero”.

Maduro, si hace política y avanza al encuentro de sus adversarios, respetándolos, acusará dificultades con los sargentos y talibanes que le sostienen. Y si huye hacia adelante, profundiza las divisiones, persigue a Capriles y los suyos como ya lo hace y se lo exigen los primeros, no le bastarán las charreteras que puso en sus manos el marino quien es su ministro de la Defensa, Diego Molero. Hará méritos, pero para repetir el papel de Germán Suárez Flamerich, civil quien sucede en la presidencia al asesinado coronel Carlos Delgado Chalbaud a partir de 1950, por breve tiempo. No más.

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