[EXTRACTO]

La guerra perdida de ETA

ETA anunció su desarme para el 8 de abril, poniendo fecha para su penúltimo capítulo. Muchos de sus presos ahora recobran la libertad después de haber cumplido 20 años de prisión.

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Desde el cese definitivo de la violencia de ETA en 2011, la sociedad vasca se encamina hacia una convivencia pacífica. Desde el cese definitivo de la violencia de ETA en 2011, la sociedad vasca se encamina hacia una convivencia pacífica.
Desde el cese definitivo de la violencia de ETA en 2011, la sociedad vasca se encamina hacia una convivencia pacífica. Archivo

Junto a una bandera deshilachada que pide el acercamiento a Euskadi de los presos de ETA, tres portales consecutivos explican en Tolosa la nueva realidad vasca. En el primero conviven el centro cultural extremeño La Jara y la mezquita de la asociación islámica Litaarafu, en el siguiente se aloja el centro evangélico Casa de Dios –gestionado por un joven pastor con aires de rapero– y, a continuación, permanece abierto todo el día el bazar chino Haozailai. Solo al final de la calle se puede encontrar una peluquería auténticamente vasca y una frutería donde se exhiben alubias de Tolosa junto a fresones de Palos.

ETA anunció el viernes su desarme para el 8 de abril, poniendo fecha para su penúltimo capítulo. Muchos de sus presos, que ahora están recobrando la libertad después de haber cumplido una media de 20 años de prisión por delitos de sangre –hace seis años había unos 600 etarras en las cárceles españolas y ahora no llegan a los 280– no solo se topan con una sociedad vestida de uniforme –muebles de Ikea, ropa de Zara– sino también muy alejada de sus viejas reivindicaciones. Algunos de ellos, como Fernando Etxegarai, Josu Amantes y Oihana Garmendia, no se sienten “ni derrotados ni frustrados”, pero otros –según explica Maritxu Jiménez, una psicóloga que atiende a expresos de ETA desde hace 17 años– tienen la sensación “de haber perdido la guerra y lo viven con mucho peso”. Regresan a un mundo para el que, de repente, ya no significan nada.

En 2003, sentado en el frontón de Zubieta, una pequeña localidad a las afueras de San Sebastián, Arnaldo Otegi, por entonces líder de Batasuna, declaraba para el documental La pelota vasca: “Tengo un amigo cubano que siempre dice que nosotros somos los últimos indígenas de Europa. El día que en Lekeitio o en Zubieta se coma en hamburgueserías, se escuche música rock americana, todo el mundo vista ropa americana, deje de hablar su lengua para hablar inglés, y en vez de estar contemplando los montes, todo el mundo esté funcionando por internet; pues para nosotros ese será un mundo tan aburrido tan aburrido que no merecerá la pena vivir”.

Solo 14 años después, basta salir del frontón de Zubieta –ahora rodeado por adosados de nueva construcción–, seguir la N-I durante 20 kilómetros y entrar en Tolosa para descubrir que, en el primer edificio después de la gasolinera, habita ese mundo “tan aburrido tan aburrido” que temía Otegi. El fin del terrorismo de ETA ha favorecido la convivencia hasta construir una postal de tolerancia –una mezquita junto a una tienda china y un lugar de culto evangélico– imposible en el paisaje ultranacionalista que las armas pretendían imponer. En 1995, el 45.3% de los vascos citaba “el terrorismo y la violencia” como uno de los principales problemas de Euskadi, mientras que en 2016, el porcentaje había bajado hasta el 0.7%. Después de anunciar que a principios de abril entregará las armas, ¿cuántos vascos se acordarán del terrorismo en el próximo estudio del Centro de Investigaciones Sociológicas?

“Cuando se acaba un conflicto civil muy fuerte”, explica Imanol Zubero, profesor de sociología en la Universidad del País Vasco (UPV), “hay dos colectivos que sufren de manera muy especial el olvido, la velocidad pasmosa con que la sociedad es capaz de amortizar el pasado. Uno es el de las víctimas, que se preguntan cómo pueden caer en el vacío tantos años de sufrimiento, y otro es el de los que se han considerado a sí mismos héroes, porque han llegado a matar y a estar muchos años en la cárcel por su sueño de Euskal Herria. Unos y otros se dan cuenta de que la sociedad ya los ha olvidado”. Zubero, que durante años tuvo que vivir con escolta y aun así acudía a las cárceles a examinar a los presos etarras matriculados en la UPV, ha observado cómo en los últimos tiempos, y de manera muy acelerada, se ha ido rompiendo aquella “comunidad de sufrimiento que existía en la izquierda abertzale alrededor de los presos y que era muy sólida”.

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