[CRISIS ECONÓMICA]

La increíble España

No debería sorprender la desconfianza de los mercados. Mal que les pese, y no obstante los esfuerzos de sus actuales gobernantes, los españoles no generan confianza.

“Gane o pierda España es una mierda”. Mientras la prensa madrileña titulaba “El mundo, rendido a sus pies”, refiriéndose a la selección española –a la que llaman “la roja”, igual a como ya lo hacen desde antes los chilenos respecto a su combinado de fútbol–, leyendas como la transcrita aparecían en los muros de algunos pueblos de Navarra. Una gran mayoría festejó y grito “Viva España” ese día. Pero al siguiente la selección volvió a ser “la roja”, tal cual la asumen todos aquellos que aquí en el reino de España dicen no ser españoles.

También hay titulares más repetidos que hablan de otras cosas menos halagüeñas: “El pánico se apodera de España y desborda la prima” (de riesgo); “Los mercados acorralan aún más al gobierno” (en realidad acorralan a España y a todos los españoles, les guste o no asumirlo así). Los triunfos son por mérito propio –“fueron educados (los deportistas) para ganar”–, la crisis, en cambio, es por culpa de “los mercados” y de la Unión Europea y más precisamente por la intransigencia de Alemania, Holanda y Finlandia. Es que en estos países los ciudadanos se niegan a contribuir más para pagar deudas ajenas. Concretamente, no quieren pagar impuestos para sostener “el bienestar de los españoles”, conseguido en ancas de una política de despilfarro aplicada por quienes no fueron previsores y hasta negaban la crisis y se jactaban de tener el sistema bancario más sólido del mundo.

Es difícil para un gobernante aplicarle más cargas a sus conciudadanos para ayudar a un país que paga uno de los IVA más bajos de la comunidad, que goza de uno de los más generosos seguros de paro, que disuade a sus beneficiarios de buscar trabajo o a trabajar en negro y seguir cobrándolo como lo admiten las propias autoridades españolas. Dicen las estadísticas que los españoles son los que más horas trabajan en la UE, pero a la vez son los de más baja productividad, después de los polacos y los portugueses. Quizás en el horario de trabajo incluyan almuerzo, sobremesa y hasta la siesta.

Por otro lado, no debería sorprender la desconfianza de los mercados. Mal que les pese, y no obstante los esfuerzos de sus actuales gobernantes, los españoles no generan confianza. Cualquier inversor que vea los informativos y los debates y tertulias de la Televisión Española no corre al día siguiente a invertir en España. Los inversores, “los mercados”, se informan, se cuidan y son desconfiados, más allá de si malos o buenos. Se les puede insultar gratuitamente y de miles de maneras, pero siempre son llamados y bien recibidos donde sea que llegan (sin ningún tipo de problema doctrinario o ideológico).

España no conseguirá ser confiable ni ganará credibilidad mientras sus cuasi vitalicios dirigentes sindicales sigan sin aceptar la realidad y manejándose con ficciones para agitar a los trabajadores ni con el mensaje que transmite la oposición socialista, cuyo líder, ex hombre fuerte del gobierno que hace medio año entregó al país en crisis, continúa con su discurso demagógico, tipo de la lucha electoral cuando decía que “la crisis se solucionaba poniéndole impuestos al trabajo y el alcohol” y afirmaba tener la solución para el paro, la que, sorprendentemente, no aplicó cuando fue gobierno. A Pérez Rubalcaba hasta en España cada vez le creen menos, lo que explica que el PSOE siga bajando en las encuestas.

Tampoco en la UE le creen mucho a España, pero a diferencia “del mercado”, han resuelto ayudarla, no dejarla caer, pero eso sí con exigencias –ahorrar, aumentar el IVA, achicar tamaño y costo del funcionariado público– y reclamando el derecho a intervenir en algunos asuntos internos y ver las cifras directamente –para evitar sorpresas como fue con Grecia y en menor medida con la propia España– y, sobre todo, las del sector financiero y bancario, de cuya solidez hacía tanto alarde el anterior presidente Rodríguez Zapatero. Es que así son las cosas del mundo real: los debates y tertulias, la agitación sindical y los discursos políticos pueden servir en lo interno a sus protagonistas; pero exclusivamente a ellos y a despecho del daño que le hacen al país y a su gente. Desde afuera la visión es otra y los mercados “acorralan” y los socios, ayudan pero con condiciones. Las otras alternativas es salirse o que te saquen la roja (la tarjeta en este caso).

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