[DESCONCIERTO]

Los jóvenes y la mentira que respiran

Aunque el ambiente que normalmente envuelve nuestra vida y la de nuestros jóvenes esté contaminado de apariencias y máscaras, de palabras huecas y promesas incumplidas, pensamos con Oscar Wilde: “mentir, fingir, es solo cuestión de habilidad y de argucia, pero decir la verdad, ser verdaderos, es obrar según la naturaleza más profunda del ser humano”.

En los últimos años del siglo XX y en los primeros del XXI, se ha impuesto un neocapitalismo postmoderno, en cuyas entrañas se encierra un estéril y peligroso relativismo intelectual y moral. Este afirma que, por encima de nuestros caprichos personales, de nuestros deseos individuales, no existen unas leyes racionales y éticas universales y verdaderas, unos valores morales que deben regular la conducta de todos los seres humanos, sea cual sea su origen, sexo o condición. Para este relativismo postmoderno “todo es igual, porque nada, en definitiva, vale la pena”.

En ese mundo relativista en el que se ha instalado buena parte de la sociedad occidental, no es de extrañar que nos encontremos a menudo con estilos de vida sin marcos éticos de referencia. Cada cual puede hacer “de su capa un sayo”, no interesa la búsqueda de la verdad, sino la imposición de mi verdad, no se busca el bien común, sino mi propio provecho y beneficio. En ese mundo se impone la cultura hedonista de lo efímero, lo inmediato, “lo que se lleva”, lo mostrenco, lo fugaz, “lo que parece, pero no es”, la cultura de la máscara y la mentira.

En ese teatro se mueven y actúan hombres y mujeres prototipos de un “pensamiento débil”, sin fuste, sin hondura, seres permisivos, intrascendentes, volátiles, veletas a merced del viento y el capricho, más que brújulas que saben marcar el rumbo de sus vidas.

Las “redes sociales han impuesto su ley por doquier y crean a su antojo una realidad ficticia y plana; los medios masivos de comunicación, con su tremendo poder de propaganda y publicidad, nos han convertido en consumistas compulsivos sin capacidad crítica. En las bambalinas de ese teatro relativista y postmoderno, los ciudadanos han acabado por no fiarse de los políticos: prometen y no cumplen, piden verdad y mienten.

Se está produciendo un “gran trueque de valores”, una grave crisis, un tremendo desconcierto. Muchos jóvenes ya no creen en nada porque no pueden distinguir la verdad de la mentira. Hace unos días escuché a un ensayista español decir algo que me llenó de preocupación y tristeza: “Hoy día activamos ´mecanismos de camuflaje´ igual que los animales para hacer frente a cualquier situación de peligro. Si entre nosotros predomina la ley de la selva, el engaño es imprescindible para poder sobrevivir... y nuestra selva es la sociedad”.

Nuestros jóvenes respiran esa atmósfera que los ahoga. Pero es ahí en donde padres, educadores, podemos enseñarles que la verdad existe, que no es igual odiar que amar, destruir que crear, maltratar a la mujer que tratarla con respeto; debemos decirles que hay verdades que siempre están ahí y son válidas para todos.

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