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[PERSISTE LA CRISIS]

La jugada siria

Las peticiones de intervención se multiplican en occidente y la polémica sobre sus virtudes y vicios arrecia en los medios de comunicación

Ya no es tan feroz el lobo como solía. Los tiempos han cambiado y a pesar de una media superior a cien muertos por semana desde que comenzaron en el pasado marzo, el brutal régimen sirio no ha sido capaz de acabar con las protestas, que están ya pisando el umbral de la guerra civil. Hafez, el padre del actual líder, Bashar, lo hizo de un solo golpe en 1982, arrasando la ciudad de Hama, con un mínimo de 10 mil víctimas mortales, probablemente muchas más. Su hermano Rifat, que dirigió la operación, alardeaba de que habían sido 37 mil.

Los efectos del terror pervivieron hasta el alzamiento actual. Ahora Homs, el principal núcleo de resistencia, cercada militarmente, está siendo bombardeada por artillería pesada, con entre 50 y 100 muertos diarios. Quizás el actual Al Assad esté dispuesto a extirpar la gangrena repitiendo la hazaña de su padre.

Las peticiones de intervención se multiplican en occidente y la polémica sobre sus virtudes y vicios arrecia en los medios de comunicación. Se discute la legitimidad, la factibilidad, el balance humanitario y las implicaciones estratégicas. Todo está entremezclado, pero ocupémonos de estas últimas.

Además de la amenaza interna que supone para los regímenes tradicionales la revuelta árabe y la del peligro islamista que esta trae consigo, todo el problemático orden medio-oriental se ve sacudido por la pretensión iraní a la hegemonía regional y la formación de un arco chií que partiendo del país de los ayatolás tiene como indispensable eslabón a Siria, que arma al Hizbulá libanés y al Hamás palestino, a pesar de que éste es suní. El régimen sirio, nominalmente baasista, representa ante todo el poder político y laico de una minoría religiosa, los alawíes, que constituyen una herejía del chiismo, a la que todos los musulmanes en general desprecian como ajena a su fe, pero a la que los líderes religiosos iraníes han acogido convenientemente en su seno, prestándole respetabilidad a cambio de una sólida alianza. Si Siria cae, Hizbulá, ya preponderante en Líbano y muy útil para Damasco por la presión de sus milicias sobre Israel y por los servicios de su magnífica organización terrorista, quedará aislada, mientras que Hamas buscará el apoyo de los islamistas egipcios, ya mayoritarios en el parlamento. Por otro lado, Siria es el principal aliado en la región de Rusia, la cual ya ha anunciado que defenderá al régimen de Al Assad con todas sus uñas y dientes... diplomáticos.

La materialización de la hipótesis del derrumbe baasista debería ser para muchos una bendición sin restricciones. Para los israelíes, desde luego. Para ellos, ese arco chií es un auténtico cerco erizado de muchas docenas de miles de misiles que apuntan a su territorio desde la absoluta inmediatez o desde la distancia iraní. Para los países suníes, sería la liberación de la mayor amenaza geopolítica que se cierne sobre sus cabezas. Estados Unidos no recogería más que beneficios. ¿Por qué la duda? Además de todos los azares de una guerra, el régimen que sucediera podría ser hiperislamista.

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