[VIVIR DE PRISA]

Lo largo, en la era de lo corto

Hoy, tanto los periodistas como los políticos sabemos que no tenemos el lujo de mucho tiempo y espacio. Si no capto tu interés en segundos, te perdí.

El argumento era que los lectores se estaban acostumbrando a formatos más cortos, a historias lineales y a telenovelas, y que el novelista no tenía más remedio, si quería ser leído, que ajustarse a la mercadotecnia de nuestros tiempos.

Nunca supe si esa anécdota fue cierta. Durante un largo e inolvidable desayuno con García Márquez, hace años, le pregunté de todo, pero no sobre eso.

En esto estaba pensando el 6 de julio, mientras veía al presidente Barack Obama realizar su primera reunión en el Ayuntamiento, a través de Twitter. Miles de personas le enviaron sus preguntas al mandatario, y durante una hora él les contestó desde la Casa Blanca. Aunque ninguna de las preguntas superó los 140 caracteres permitidos en Twitter, las respuestas de Obama fueron mucho más largas: 2 mil 99 caracteres cada una, en promedio, según The New York Times.

Obama entiende bien nuestros tiempos. Ganó la elección presidencial en 2008, con la ayuda de millones de partidarios que lo siguieron en las redes sociales, y espera ser reelegido en 2012, difundiendo su mensaje por Twitter y Facebook. Pocos líderes en el mundo comprenden, como Obama, que ésta es la nueva forma de triunfar en la política.

“Hemos entrado en una era diferente de la información en que la gente obtiene sus noticias en una forma distinta que en el pasado”, dijo a la prensa Dan Pfeiffer, el director de comunicaciones de la Casa Blanca, un día antes de la reunión de Obama por Twitter. “Y si queremos comunicarnos con un amplio sector del público, no es suficiente hacerlo a través de los medios de comunicación tradicionales”.

Estamos en la era de lo corto y rápido. Hay que reducir el mundo a 140 caracteres o perdemos la atención del otro. Tanto los periodistas como los políticos sabemos que no tenemos el lujo de mucho tiempo y espacio. Si no capto tu interés en segundos, te perdí.

Puede ser que esta nueva regla se aplique a la política y a los medios de comunicación, pero no a la literatura. Como resistencia a ese impulso de reducirlo todo en una o dos frases, últimamente he leído varios libros que se niegan a ser cortos y a resumir la vida en un par de líneas.

Uno de estos libros es 1Q84, del genial Haruki Murakami. Disfruté esta novela y me fascinaron las complicadas andanzas de sus protagonistas, Aomame y Tengo, a lo largo de sus 737 páginas. Es más, estoy esperando con ansias la continuación. Murakami se toma su tiempo en desarrollar sus personajes, haciéndolos universalmente atractivos al escarbar a fondo en sus motivaciones y dejar que el relato se desarrolle naturalmente.

Lo mismo puede decirse de la Trilogía del milenio, del finado escritor sueco Stieg Larsson, iniciada con Los hombres que no amaban a las mujeres. Su compañera, Eva Gabrielsson, describe, en un artículo reciente en Vanity Fair, cómo necesitó el autor de casi dos mil páginas para dar vida a la fascinante tecno-maga Lisbeth Salander y al implacable periodista Mikael Blomkvist. Lo que menos preocupaba a Larsson, quien murió de un ataque cardíaco en 2004, era gastar demasiado papel.

Además de Larsson y Murakami, hay varios escritores que, novela tras novela, se han negado a reducir el mundo a un cuento o unas cortas frases. Las siete novelas de la serie de Harry Potter, escritas por J.K Rowling, fueron lanzadas al mercado al mismo tiempo que la internet irrumpía en el mundo, pero los libros han sido enormemente populares desde que se publicó el primero de ellos. Y los escritores Isabel Allende y Carlos Ruiz Zafón tampoco cayeron en la trampa de que lo corto es necesariamente mejor, creen que lo que es largo, sin prisa y complejo proporciona un reflejo más fiel de la naturaleza humana.

Los novelistas comprenden mucho mejor la complejidad de la vida que los periodistas y los políticos. Por eso no se limitan a 140 caracteres. Si la tendencia mundial es hacia lo corto y lo rápido, la literatura nos demuestra que ese es el camino equivocado. Sirve para ganar elecciones y audiencias de televisión, pero no para aprender a vivir.

Vivir de prisa –nos recuerdan esta caluroso verano García Márquez, Murakami, Larsson, Rowling, Allende y Ruiz Zafón– no es vivir.

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