[PRISIONES]

Un lujo a su alcance

Se veía venir. Desde que los fiscales y los jueces hacen su trabajo con esmero y las condenas llevan a la sombra no solo a quienes roban gallinas –que también– sino a próceres varios y hasta a padres de la patria (con moderación), era cosa de tiempo que surgiesen iniciativas destinadas a poner el lujo al alcance de los reos pudientes.

No recuerdo cuándo, pero hace décadas publiqué un artículo postulando la privatización de las prisiones para que las hubiese de clase business, una necesidad perentoria donde las haya desde que la clientela para tales servicios existe porque, con la proliferación de gente guapa bajo rejas, no es cosa de obligarles encima a convivir con la chusma. Pero debería haberme documentado mejor porque resulta que en el Reino Unido, que es de donde llega la mayor parte de los inventos prácticos desde los tiempos de la Revolución Industrial, ya tienen una cárcel de lujo.

Se trata de la de Leyhill, en Wotton-under-Edge, Gloucester, y el propio ministerio de Justicia de Isabel II explica sus maravillas: desde 2002 sus 532 clientes, en régimen abierto, cuentan con biblioteca, capilla, pilates, programas de adelgazamiento y puesta en forma, 55 hectáreas con jardín botánico y ornamental e instalaciones deportivas para jugar al fútbol, baloncesto, voleibol, hockey y bádminton. De forma incomprensible, y debido quizá a la desgana, no pocos de los presos desprecian tanto lujo y huyen. Mejor así; los que no saben apreciar lo bueno de la vida, que se vayan. Ellos se lo pierden.

La cárcel, digamos, de Leyhill es pública y está gestionada por el Departamento de Justicia. Pero resulta uno de los casos más claros en que merecería la pena dar el salto hacia la privatización que, como se sabe, constituye hoy un sacramento sagrado del credo neoliberal, en el que también destaca el Reino Unido desde los tiempos de la Bruja del Norte, perdón, de Margaret Thatcher.

Una subasta en términos adecuados siguiendo el modelo de Madrid, donde los hospitales públicos se los quedan las empresas que tienen en nómina a los consejeros de sanidad autores de las privatizaciones, sería el paso final hacia el verdadero lujo al alcance de la mano. De la mano que trinca, desde luego, pero, ¿qué sentido tiene vender servicios a quienes no pueden comprarlos?

Si Leyhill tiene ya televisión de pago, lavandería comercial, imprenta y escuela de aparcacoches, lo más lógico sería ampliar el catálogo para que se beneficien de semejantes progresos todos los que pasen por caja. Cae por su propio peso que, si los reclusos disponen de llave de su celda, quienes cuenten además con una tarjeta de crédito lustrosa no han de ver truncadas tales ventajas por la falta de visión innovadora.

De momento, en Leyhill solo hay varones, pero ya se sabe –véanse los colegios más exquisitos y píos– que incluso de la separación de sexos se puede hacer negocio. Salvo que se opte por prisiones mixtas reservadas a clientes metrosexuales.

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