[CUENTOS INFANTILES]

La madre de Bambi

El mundo no es un paraíso, los peligros acechan por todas partes y más nos vale que nuestros niños se vayan enterando, eso sí, con todas las explicaciones necesarias.

Cansada de leerle a mi nieta los mismos cuentos de príncipes y princesas con final feliz y edulcorado, en los que de vez en cuando meto mi cuña para que se haga a la idea de que no se puede dormir una a la espera de un beso de amor, decidí innovar y elegí un relato que prometía. La niña preparó el escenario. Se tumbó en la cama y me pidió que me sentara en el borde como cada noche. Concentró toda su atención para no perderse ni una palabra y para interrumpirme cada vez que no entendiera algo y comenzamos.

Los protagonistas eran un padre y un hijo que salen de cacería y que después de múltiples aventuras, vuelven a casa con un buen número de piezas que les servirían de alimento durante unas semanas.

Aquello fue un desastre. Al borde de las lágrimas, la chiquilla me preguntó si de verdad mataban a los “animalitos”. Le expliqué que desde siempre, los hombres los han cazado para comer; que la naturaleza pone al alcance de cada especie recursos para vivir y que ella también comía carne que necesitaba para estar sana. De paso le hablé del cuidado que hay que tener para no agotar esos recursos, pero aquello se me había ido de las manos. Primero quiso saber si eso de “desde siempre” era cuando yo era pequeña, y bueno, le dije que sí. Luego me aclaró con paciencia e indignación que sus papás no cazaban ni mataban animales porque compraban la carne en el súper y que aquel era un cuento horrible. Espero no haber interferido en la educación que recibe una criatura de cinco años y, lo que sería peor, espero no haberle causado un trauma irreversible. Poco a poco entenderá que los estantes del súper no los llenan las hadas buenas con su varita mágica, que Mickey es un ratón amigable como ella dice, pero que los ratones reales transmiten enfermedades, y que ese precioso oso polar de peluche al que abraza cuando duerme, no es tan inocente en su versión de carne y hueso, porque es capaz de matar a los oseznos paraaparearse con la madre. Todo a su tiempo.

Vuelve a suscitarse la polémica de cómo preparar a los niños para la vida real y que no vivan en el mundo de la fantasía de Disney: muchos padres evitan los cuentos tradicionales porque consideran que son muy crueles, lo que no deja de ser cierto. La mala fama de las madrastras se debe a los cuentos, y la idea de que los hombres se dejan manipular por sus nuevas mujeres en desmedro de sus hijos, también. Hay que ver los pocos arrestos que tuvo el padre de Hansel y Gretel para permitir que sus hijos fueran a buscarse la vida al bosque. La primera vez que lo oí miré con recelo a mi progenitor, pobre, aunque enseguida me tranquilicé porque en mi casa no había madrastra sino madraza, lo que era una garantía.

Sigo pensando, sin embargo, que los relatos infantiles son una magnífica forma de prepararnos para la vida de adultos, precisamente por la mezcla de sueños, enseñanzas y crudeza que entrañan. El mundo no es un paraíso, los peligros acechan por todas partes y más nos vale que nuestros niños se vayan enterando, eso sí, con todas las explicaciones necesarias. Otra manera de protegerlos. Lo malo es que esa protección va revestida de dolor.

Uno de los recuerdos más claros que tengo de mi infancia es la tarde en que me llevaron a ver Bambi. Estaba en proceso de comerme el pan con chocolate que nos habían preparado en casa, cuando sonó en la pantalla el tiro que acababa con la madre del cervatillo. No tendría yo más edad que la que tiene mi nieta ahora, y puedo decir con certeza que fue mi primer contacto con el dolor emocional. No tenía entonces ni idea de lo que era la muerte, porque que mis padres hubieran ido al entierro de la tía Engracia no tenía mayor significado para mí, pero ¿la mamá de Bambi? Aquello era injusto e insoportable. No me dolía la muerte en sí, sino la sensación de ausencia y desamparo que dejaba.

El dolor, ese factor necesario del crecimiento.

El trauma fue intenso. Aun así, no acabó con mi gusto por el chocolate.

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