[ELECCIONES EN ALEMANIA]

La mujer más poderosa del mundo

Los electores premian a Merkel con la Cancillería, pero la obligan a formar un gobierno de coalición y exigen a sus políticos que trabajen juntos anteponiendo el interés nacional al partidista.
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Angela Merkel ha ganado la elección este domingo y todo indica que seguirá siendo Canciller de Alemania durante los próximos cuatro años. Sin embargo, a pesar de su rotundo triunfo, Merkel tendrá que negociar con el liderazgo de alguno de los otros partidos para formar una coalición que le permita gobernar. Al partido de la Canciller le faltaron cuatro escaños para ganar la mayoría absoluta. No obstante, y por más dificultades que presente la negociación para formar una nueva coalición, lo cierto es que en Alemania, a diferencia de casi el resto de los países del mundo, Merkel logrará un acuerdo con un grupo opositor y juntos formarán un gobierno estable y responsable. Es decir, un gobierno que antepone el interés nacional al partidista.

Su triunfo es un claro reconocimiento a su capacidad para conducir a un país que es hoy la más libre, la más estable y la menos amenazante Alemania que jamás haya existido, pero es también un reconocimiento al pueblo alemán. A su esfuerzo para mantener su poderío económico, un estado de derecho sólido y envidiable, un sistema político federalista igualitario y una exigencia para que sus políticos se comporten con madurez y moderación.

En 1983, yo tuve la oportunidad de viajar a la entonces Alemania occidental junto con un grupo de colegas periodistas estadounidenses invitado por la Konrad Adenauer Stitfung. Estuvimos en Bonn y en Berlín, y entrevistamos a varios miembros del gabinete del canciller Helmut Kohl. Recuerdo especialmente la plática con la ministra encargada de preparar la eventual reunificación de Alemania. También hablamos con el alcalde de Berlín, Richard von Weizsäcker, del mismo Partido Cristiano Demócrata, pero cual no sería mi sorpresa cuando nuestros anfitriones nos condujeron a la sede del Partido Social Demócrata para que habláramos también con miembros del principal partido de oposición. Y por si esto fuera poco, para finalizar la visita nos llevaron también a hablar con políticos, profesores y periodistas en la sección oriental de Berlín. La experiencia fue muy aleccionadora no solo por la civilidad del trato entre opositores sino por la interpretación tan amplia de lo que significa la democracia en Alemania.

Una vocación democrática que hoy vuelve a manifestarse por voluntad del electorado. En Alemania, como en el resto de Europa, los electores tienen varias opciones de voto aunque a diferencia de lo que sucede por ejemplo en Francia, Italia o Inglaterra, no hay partidos políticos de derecha radical. El nuevo partido euro-escéptico que debutó en esta elección parece ser que no tendrá representación en el Parlamento. Esta variedad de opciones no implica, como en Italia por ejemplo, que el país no avance. Por el contrario, los votantes rechazan la idea de que la voluntad de una reducida mayoría deje sin voz a las diferentes representaciones políticas minoritarias y prefieren gobiernos de coalición a los que les exige llegar a acuerdos para gobernar aun cuando eso implique que conservadores como Merkel se asocien con políticos de izquierda. De hecho la llamada Gran Coalición, con la que gobernó Merkel de 2005 a 2009, tuvo al líder del partido Social Demócrata, Peer Steinbrück, como Ministro de Hacienda.

Llegar a este punto no fue fácil. Al canciller social demócrata Gerhard Schroeder le tocó emprender las reformas que hoy el Gobierno alemán exige que hagan países como Grecia, Italia y España que han manejado irresponsablemente sus finanzas y necesitan el dinero de los contribuyentes alemanes. Las reformas de Schroeder le costaron mucho a su partido en términos de votos. La recompensa, sin embargo, fue que hoy Alemania tiene la economía más poderosa de Europa y la mayoría de los partidos políticos, incluyendo el de Merkel, se ha inclinado a la izquierda y hoy favorece una agenda social incluyente y solidaria pero responsable. Fuera de Alemania, como bien ha señalado el analista español José Ignacio Torreblanca en un reciente artículo en El País, “ser crítico con Angela Merkel es fácil; lo difícil es ser justo”.

Cuando leo que Merkel no solo no es una buena oradora, sino que es frecuente que se equivoque al hablar, recuerdo el deleite que le ocasionaba a Carlos Monsiváis hablar del carisma del no carisma. Merkel no es carismática, es, simplemente, la mujer más poderosa de Alemania, de Europa y del mundo.

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