[EN LA CORTA DISTANCIA ]

El negro Obama

Un socialdemócrata suave como Obama en la Presidencia de Estados Unidos es para un reaccionario ideológico de Norteamérica un diablo en el desorden cotidiano de su país.

Cuando Obama se presentó a las elecciones presidenciales estadounidenses (y las ganó) se produjo en el mundo un aplauso general. Los gringos se quitaban de encima a uno de los más absurdos presidentes que tuvieron en toda su historia. Y elegían por primera vez a un negro. Digo negro con todo orgullo, porque asistí entonces, y estoy asistiendo ahora (en esta campaña presidencial), a un linchamiento racial de Obama por parte del racismo nada residual que queda en el etnocentrismo blanco, aquel que sigue aspirando a la máxima estupidez: ser una raza superior llamada a organizar y dirigir la historia del mundo. Que me lo piquen menudo que lo quiero para la cachimba, como dicen en mi tierra insular.

Obama despertó, ya presidente electo, una gran simpatía en todo el mundo. Incluso, casi sobre la marcha, se le otorgó en Oslo el Premio Nobel de la Paz, juzgado como un exceso escandinavo por amplias capas mediáticas del mundo entero. A mí me pareció un gesto simpático de apoyo al primer presidente negro de Estados Unidos de América. Si algunos me dicen que no es negro, sino mulato, yo les contestaré que para muchos blancos, y no solo estadounidenses, Obama es un negro redomado, una especie de aparición infernal que viene a destruir el reino de Dios en la tierra, es decir, Estados Unidos.

Es cierto que ese mismo Estados Unidos fue en su día un destino manifiesto de libertad y felicidad para el ser humano, pero no es menos cierto que dormirse en los laureles imperiales suele traer malas consecuencias históricas. Y esto es lo que, a lo largo de las últimas décadas, le pasó a Estados Unidos de América. Vencieron a la Unión Soviética, pero les ganó China para el futuro. Por eso Obama representó un cambio en la política del imperio. Un cambio y una esperanza. El negro podía, en fin y por fin, traer muchas cosas buenas –las había prometido en su campaña– para Estados Unidos de América, que volvería, según él, a ser un ejemplo de democracia y libertad en el mundo. Pero la voluntad del progresismo es una cosa y la resistencia del reaccionario es otra. Y Estados Unidos está lleno de ciudadanos que entienden que el Estado no debe meterse en nada, y que el ciudadano se las tiene que arreglar solo, en las verdes y en las maduras. Un socialdemócrata suave como Obama en la Presidencia de Estados Unidos es para un reaccionario ideológico de Norteamérica un diablo en el desorden cotidiano de su país. El resultado, años más tarde, está a la vista: Obama no ha podido cumplir todo su programa, y reclama otra presidencia más para llevar a cabo el cambio, con tiempo y suficiencia.

Si yo fuera ciudadano norteamericano (como lo va a ser mi nieto, que nacerá en ese país en mayo del año que viene), no dudaría en votar al negro Obama. Me siento, como ciudadano del mundo, comprometido con muchas de las cosas que dice y promete, con muchas de las cosas que ha intentado hacer y ha hecho, y con otras muchas que dice que va a hacer si gana su segunda presidencia.

Va de su suyo que, por lo tanto, no me gustan los republicanos. No me gusta Romney ni el Tea Party (esta cosa mucho menos). A mis años me sucede un fenómeno que hasta ahora no había tenido en cuenta: me volví muy exigente con las promesas que se hacen y no se cumplen. Mi mestizaje ideológico se ha endurecido, cada vez creo menos en lo que me dicen un blanco o un negro racistas. Por eso me interesa el negro Obama: lo veo (y es) un mestizo a quien me hubiera gustado conocer personalmente antes de ser presidente o después de que deje de serlo.

¿Mejorará Estados Unidos de América con una nueva presidencia de Obama? Estoy seguro de que no empeorará, como estoy seguro de que con los republicanos y con Romney en esa misma presidencia se recrudecerá la incomprensión norteamericana frente al resto del mundo. Estados Unidos necesita seguir cambiando la mirada; ver al resto del mundo como parte de un todo, la humanidad, y no concentrar todas sus energías en la obstinada paranoia de los últimos años. Tengo para mí que con el negro suave que hay en Obama las cosas en Estados Unidos seguirían mejorando. Por eso digo que lo votaría, de tener derecho a hacerlo, que no lo tengo. Pero sí lo hago con estas palabras, con este comentario dominical en el que me confieso seguidor del primer presidente negro de Estados Unidos. ¿Pero no quedamos hace nada que no es negro, sino mulato? Bueno, ya lo saben ustedes casi mejor que nadie: es lo mismo. Y para el racista no hay ninguna diferencia, es el mismo diablo con la piel quemada y el alma podrida...

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