[MANEJO DE LA ECONOMÍA REGIONAL]

Una pasión inmensa por Centroamérica

Instituciones como el Banco Centroamericano de Integración Económica están para servir sin importar en qué espectro del abanico ideológico se encuentran sus gobiernos.

Hasta enero de 2007 creí que era experto en Centroamérica. Por años había realizado numerosos estudios para organismos internacionales; por cinco años incluso fungí como director del programa del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC) de Canadá y de la Asociación de Investigación y Estudios Sociales (Asies) de Guatemala: “Centroamérica en la economía mundial del siglo XXI”, a través del cual financiamos investigaciones, organizamos cursos internacionales y convocamos a talleres regionales. Por eso, cuando asumí el cargo de economista jefe del Banco Centroamericano de Integración Económica (BCIE), me creía un conocedor de la región.

¡Cuán alejado de la realidad estaba! No fue sino hasta este último quinquenio que realmente me sumergí en la historia y en el desempeño de cada país, incluyendo Belice, Panamá y República Dominicana. Fue un esfuerzo incansable que me condujo a conversaciones largas con expertos de los países, a la lectura de numerosos informes, a la revisión frecuente de los diarios por internet, y hasta aprovechar cada visita a los países para ir de cacería tras libros sobre su historia, su economía y su política. Fue hasta estos años cuando puedo decir que me convertí en ... un economista centroamericano, pues fue hasta ese momento que me tocó impartir infinidad de conferencias sobre el desempeño macroeconómico o sobre sus motores de crecimiento –entre otras–, y las audiencias de turno obviamente me exigían que ahondara en las peculiaridades del país anfitrión.

Siempre me interesé en la política de los países –de hecho corre más por mi sangre que la economía– pero la política no fue durante estos años sino apenas un faro de referencia. Instituciones como el BCIE están para servir sin importar en qué espectro del abanico ideológico se encuentran sus gobiernos. Los ciudadanos eligen a sus gobernantes y las entidades de la integración están para apoyar el desarrollo de sus pueblos. He ahí un balance delicado que siempre procuré mantener.

Muchos extranjeros no dejan de sermonearnos aun cuando la mayoría de las veces solo tengan un conocimiento muy superficial de nuestra región. En parte somos similares: economías pequeñas y abiertas, debilidad institucional y falta de transparencia (excepto Costa Rica), afligidos por el crimen (máxime en el Triángulo Norte), con crecimiento lento (salvo Panamá y en parte República Dominicana) y con falencias serias en capital humano (Costa Rica la excepción, una vez más). Eso es cierto, pero aún así me atrevería a afirmar que comprender a los ocho países toma mucho más tiempo que comprender un país grande como Brasil o México, pues si bien estos últimos son muy complejos y con grandes brechas regionales –lo que a su vez los vuelve fascinantes– tienen, al menos, una historia y una macroeconomía nacional; los nuestros, por el contrario, constan de... ocho historias, no siempre imbricadas, y ocho políticas macroeconómicas.

El desafío en el BCIE fue asombroso, y hace seis meses hasta llegué a convertirme en el gerente de mayor antigüedad en el cargo dentro del comité gerencial (la posición de economista jefe tiene nivel gerencial). En el banco conduje el largo proceso de diseño del sistema de evaluación de impacto en el desarrollo de las operaciones y que dieron lugar a lo que dí en llamar como índice BCIE o I-BCIE y la matriz de impacto en los objetivos de desarrollo del milenio, elaboré la primera versión de la Estrategia Institucional 2010-2014, lideré las misiones a los países que servían de base para las estrategias de país, coordiné o realicé directamente numerosos informes, expuse en infinidad de conferencias y talleres en América y Europa, organicé y provoqué numerosos talleres y conversatorios, edité varios libros que el banco dio a conocer en su 50 aniversario, y más asignaciones que por razones de espacio ya no menciono. En otras palabras, me entregué con pasión a cada iniciativa, como si fuera la última que fuera a realizar en mi vida.

El banco atraviesa un proceso que llaman de modernización, y que hará que se enfoque casi solo en su tarea básica: dar financiamiento. La Oficina del Economista Jefe –de solo unos nueve años de existencia– desaparecerá o será muy marginal, pues provocar análisis o reflexiones sobre el desarrollo económico y social ya no será relevante a la institución. Es evidente, por ende, que llegó mi tiempo de partir y de retornar a viejos amores, como el de escribir artículos para la prensa regional.

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