[EXPLORACIÓN]

Un planeta donde vivir

Marte está tan cerca de nosotros que ha sido el principal protagonista del interés, ya sea cinematográfico, literario o científico, por esa eventual ´vida extraterrestre´.

Los temores ante el colapso de los recursos que la sobrepoblación y el absurdo sistema de explotación del ecosistema que nos caracterizan nos han llevado a plantear, siquiera en la literatura de ciencia ficción, la necesidad de buscar en un futuro tal vez no muy lejano un nuevo planeta. A tal respecto, sería necesario localizar uno que se acercase lo más posible a las condiciones del nuestro.

De momento no se ha identificado ninguno así, pero la pregunta acerca de si podremos encontrar otro mundo donde vivir ha dado paso, al menos, a otra previa y quizá incluso más interesante: ¿puede existir algo de ese estilo? La exploración de Marte ha venido dictada en gran medida por el intento de averiguar si ese planeta podría haber albergado seres vivos –aunque ahora no existan en él–, con la noticia reciente acerca de que la sonda Curiosity ha identificado los componentes esenciales de la química de la vida al analizar una muestra de roca marciana.

Marte está tan cerca de nosotros que ha sido el principal protagonista del interés, ya sea cinematográfico, literario o científico, por esa eventual “vida extraterrestre”. Pero ¿y fuera del sistema solar? La misión Kepler de la NASA lleva buscando planetas extrasolares desde hace cuatro años. Y la revista Nature se ha hecho eco de un simposio que ha tenido lugar en la Royal Society de Londres para dar cuenta de los resultados obtenidos hasta el momento. La revista destaca el descubrimiento de cuerpos celestiales de una densidad muy alta, inimaginables en el Sistema Solar: con un tamaño semejante al de la Tierra, su densidad sería similar a la del hierro. Su origen es, de momento, hipotético pero podría tratarse, al decir del geofísico Olivier Grasset, director del Laboratoire de Planétologie et Géodynamique de la universidad de Nantes, de “planetas fósiles”. Unos planetas muy fríos y gigantescos, cuyo mejor equivalente en el Sistema Solar sería el de Neptuno, podrían haberse ido aproximando hasta su estrella, su sol, perdiendo las capas exteriores al calentarse y conservando a la postre solo el núcleo muy denso. Los modelos computacionales de ese proceso mencionados por Nature indican que un cambio así solo sería posible si la transformación desde un planeta gaseoso y helado hasta otro muy caliente y denso se llevase a cabo de una forma rápida. Rápida en términos geológicos, por supuesto, pero en cualquier caso en un tiempo mucho más breve que el de los centenares de miles de millones de años que podría llevar un movimiento planetario de ese estilo.

Sea como fuere, ni nuestra especie puede vivir en un planeta como Neptuno, ni sobreviviría en otro densísimo y tan próximo al sol como Mercurio. Pero en un viaje de miles de millones de años tal vez se diesen oportunidades suficientes para subirnos a ese tranvía en marcha. Al fin y al cabo, hace solo siete millones de años que el linaje humano se separó de los chimpancés y nuestra especie tiene menos de 200 mil años.

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