[ESTADOS UNIDOS]

La política de identidad

Sin importar la cantidad de falsedades que un demagogo como Trump dice, el 30% de la población le cree y piensa que tiene razón. Lo bueno es que no son la mayoría.

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La política de identidad

Entrevistado por el New York Times durante la manifestación de protesta organizada por el Ku Klux Klan, neonazis y supremacistas blancos el sábado pasado en Charlottesville, Virginia, Ted, un hombre que ocultó su identidad para no obstaculizar su posible carrera política futura, explicó que había viajado de su pueblo en Missouri a la protesta porque “estaba harto de ver cómo hacen a un lado a la gente blanca”.

Por más irracional que parezca el reclamo de Ted, lo grave es que la supuesta victimización de los blancos a manos de las minorías no es un fenómeno único ni nuevo en la historia de Estados Unidos, sino una cuestión ancestral que ha funcionado para mantener la supremacía de la raza blanca en el país.

En 1845, por ejemplo, los blancos nacidos en EU formaron un partido político, el Partido de los Norteamericanos Nativos (no los indios nativos del lugar), cuyo propósito último era impedir la inmigración de minorías, no solo raciales, religiosas o étnicas, sino de estrato social y económico bajo. De este partido surgió el partido de los Know-Nothing, que se convertiría en el Ku Klux Klan, que se dedicó a perseguir a inmigrantes, católicos, judíos, negros y a sindicatos laborales.

Lo terrible del incidente de Charlottesville es la validación de que la presidencia de Donald Trump le ha dado a estos infundios como arma para contener el avance de la diversidad en un país que cada vez más parece un archipiélago formado por islotes étnicos y raciales diversos. Nunca antes en la historia nacional un presidente en funciones había utilizado la política de identidad como arma política.

El término “política de identidad” es relativamente nuevo. Eric Hobsbawm sitúa su origen a mediados de la década del 60 para explicar transformaciones sociales en Estados Unidos producto de la etnicidad, la diversidad, la emancipación de la mujer o el movimiento gay. Son movimientos que surgen para identificar a grupos que se autodefinen como diferentes al colectivo hegemónico con el fin de demandar sus derechos. Esta identidad, sin embargo, no necesariamente es única, una misma persona puede ser inmigrante, judía, feminista, sindicalista y norteamericana. Surge como defensa para darle voz a una comunidad marginada y asignarle un papel en una colectividad diversa y democrática. Para otros, sin embargo, la política de identidad es peligrosa, porque divide a la sociedad, aunque este segmento no reconoce que hay grupos que no tienen ni voz ni voto en sociedades cerradas al cambio. Ideológicamente, la izquierda es más tolerante de la multiplicidad de identidades y la derecha, más excluyente.

Para entender la actual coyuntura política es necesario explorar los estrechos vínculos entre el racismo y la ideología. El nexo de los manifestantes de Virginia con la derecha alternativa ( alt-right) a la que pertenece Steve Bannon, el consejero especial de Trump, es evidente. El propósito de la marcha era “unificar a la derecha” ondeando banderas confederadas y gritando consignas dirigidas contra los inmigrantes y los judíos, advirtiéndoles: “no nos reemplazarán”.

Como dijo David Duke, exlíder del Ku Klux Klan, otro de los asistentes a la manifestación de protesta en Virginia, “fueron a cumplir las promesas de Donald Trump de recuperar de vuelta nuestro país”. Como es bien sabido, el flirteo entre Trump y Duke empezó durante la campaña electoral, cuando Duke le expresó su apoyo y Trump primero dijo no conocerle para luego desautorizarlo a medias.

En su discurso sobre los disturbios neonazis, Trump expresó su condena a la violencia, al odio, a la intolerancia, pero repartió la culpa por igual entre los neonazis y quienes les repudiaban. “Viene de muchos lados” repitió Trump, temeroso de perder simpatizantes entre los grupos de supremacistas blancos que le apoyaron en su candidatura y hoy le aplauden.

Lo que Trump quiere es marginar a las minorías que no puede expulsar del país e impedir la entrada a otras minorías, como la comunidad musulmana, advirtiéndonos falsamente que presentan un peligro inminente a la sociedad. El peligro real es que no importa la cantidad de falsedades que un demagogo como Trump diga, el 30% de la población le cree y piensa que tiene razón. Lo bueno es que no son la mayoría.

El autor es escritor y profesor de filosofía

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