[EN LA CORTA DISTANCIA]

La primera vez en Panamá

La primera vez que estuve en ciudad de Panamá iba camino de Cuba: principios de julio de 1985. Llegué a Tocumen al frente de la gente de un programa de TVE titulado “Canarias en América: el otro archipiélago”, en el que buscábamos las huellas históricas de la gente de mi tierra –los isleños canarios– en el continente nuevo y sus islas. Cargábamos un material técnico de mucho peso y tuvimos, a nuestra llegada a Panamá desde Bogotá, muchos problemas para solventar los trámites de aduana. Nos recibió, casi a pie de avión, Mayín Correa, quien nos ayudó a salir del incómodo atolladero en que estábamos metidos de hoz y coz. Íbamos camino de Cuba, para husmear en las raíces canarias del tabaco y el azúcar, y esa noche en ciudad de Panamá, en un lugar que había visto citado en algún texto de Graham Greene, la Casa del Marisco, frente al Bulevar Balboa, descubrí mi primer tesoro en Panamá: la guavina, ese pescado exquisito que bien frito es manjar de divinidades.

Nota del Editor: Con este artículo, J.J. Armas Marcelo da inicio a su colaboración periódica de textos exclusivos para La Prensa. J.J. Armas Marcelo es Licenciado en Filología y Literatura Clásicas de la Universidad Complutense. El escritor canario, además de reconocido periodista de prensa escrita, radio y televisión, es autor, entre otras celebradas novelas, de Los dioses de sí mismos (Premio Internacional de Novela Plaza & Janés, 1989), Los años que fuimos Marilyn, Casi todas las mujeres; El niño de luto y el cocinero del papa, Así en La Habana como en el cielo. Su más reciente obra, La noche que Bolívar traicionó a Miranda, es objeto en la actualidad de una polémica histórico literaria.

Como llegamos de noche, la ciudad me pareció oscura y lejana, distante diría yo, aunque por una rara razón (o sensación) no me sentí extraño (ni en el extranjero) en ningún momento. El segundo descubrimiento que hice fue el habla: ¡panameños y canarios hablábamos igual! Cantábamos en el mismo tono al hablar y esa feliz coincidencia me ha hecho decir después en muchas partes del mundo que soy un español raro, mitad cubano, mitad venezolano, “o sea, panameño”. El tercer tesoro descubierto fue el aguardiente llamado seco, pero la epifanía alcohólica que despertó mis euforias fue un ron excepcional: “El abuelo” ¡Cuántos tragos de “Abuelo” pueden atestiguar hoy mi afectuosa admiración por ese ron extraordinario! Recuerdo también que esa noche había una emisora nacional panameña encendida en el cuchitril donde nos alojamos, muy cerca de la Embajada de Cuba (para que nos dieran el visado de entrada al día siguiente). Hablaba Fidel Castro. Y habló también Noriega, de quien yo no tenía ya (ni había tenido nunca) una buena opinión. El quinto tesoro descubierto en ese viaje, en la mañana del día siguiente, fue el sol deslumbrante cayendo sobre las aguas cercanas al Canal. Y el sexto tesoro, asombroso e inabarcable, fue el mismo Canal.

He visto por dentro y por fuera el monasterio de El Escorial en multitud de ocasiones, dos o tres veces al año, como si fuera un peregrinaje que no se acaba nunca. Es una joya del talento humano, pero cuando vi por primera vez el Canal de Panamá mi asombro fue una desmesura. ¿Se daban cuenta los panameños lo que tenían allí, aunque fueran los gringos los que rigieran entonces aquel paraíso?

En la tarde de ese mismo día en que descubrí el Canal de Panamá, reflexionaba en el avión que me llevaba a La Habana sobre los tesoros que había descubierto en un país que hasta entonces no conocía. Enumeraba una y otra vez las sensaciones de tan pocas horas. Y, con los ojos cerrados, medio dormido con el ruido del motor del avión y el cansancio sobrevenido tras tantas emociones, me dije dos cosas sustanciales: que el mayor de los descubrimientos que había hecho en Panamá, el mayor de sus tesoros, era la gente que me había encontrado allí, y la segunda, que tenía que volver. Un extraño cosquilleo de satisfacción, placidez y bienestar me tranquilizaba mientras ponía fecha a mi próximo viaje a Panamá. Tardó en llegar algunos años, pero gracias a unas mujeres escritoras, encabezadas por la doctora Britton, me convertí en un par de viajes amigo y cómplice de Panamá y los panameños. Me hice lo que quería y buscaba encontrar: panameño. Luego vinieron a mí los amigos, desde Juan David y Eduardo Morgan a Briseida Bloise y Fernán Molinos. Conocí a escritores, a poetas mayores y menores. Conocí la música del habla, el habla de la gente y su modo de entender la vida. Supe de Taboga, gracias a Mariela Sagel, y desde entonces persigo la sombra inasible de Paul Gauguin, en una novela que sigue en el aire de una nube cada vez más cercana. Reconocí el trago del Abuelo, visité hasta hacerme asiduo el Canal de Panamá, el centollo del Bucanero, el sol, la parrillada de Jimmy, San Felipe, la plaza Bolívar, la plaza Francia, caminé por el malecón, me involucré en las conversaciones del viejo Bulevar Balboa en las mesas del mediodía. Me enamoré de Gamboa y, finalmente, supe de la pintura excepcional de Olga Sinclair, de su personalidad fascinante, intelectual e irrefutable, de su humana mundanidad. Supe, en fin, empezar a tomarle el pulso a Panamá y sentirme, dentro y fuera del país, muy cercano a los panameños, y panameño al fin y al cabo, a mi manera de ser y en la corta distancia.

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