[INICIATIVA]

El pulso del sueño americano

La historia de Mark Zuckerberg no tiene los tonos dramáticos de la del recordado Steve Jobs, pero guarda paralelismos con la trayectoria de ese otro niño prodigio que triunfó antes en Silicon Valley. El padre de Apple falleció recientemente a los 56 años. Sin haber alcanzado la treintena, Zuckerberg ha sacado Facebook a bolsa y el valor de sus acciones alcanza cifras astronómicas. Jobs también revolucionó el mundo en su juventud y a los 27 años ya era multimillonario. Ambos son la muestra de que en Estados Unidos la creatividad, el tesón y la iniciativa empresarial pueden dar frutos.

Desde niño Steve Jobs se formó inmerso en la cultura tecnológica de Silicon Valley, donde su padre adoptivo le enseñó a manipular piezas en el garaje de la casa y sus primeras prácticas como becario las hizo en Hewlett Packard. Junto al genio de la informática Stephen Wozniak, Jobs comenzó a diseñar los sofisticados gadgets de Apple que hoy son parte de nuestra vida diaria.

Tiempo después y en la costa este del país, concretamente en los suburbios de White Plains, el adolescente Zuckerberg creaba videojuegos y con el apoyo de su padre, un prestigioso dentista, comenzó su aventura como programador. Si Steve Jobs estaba obsesionado con la estética y el packaging perfecto del producto final, Zuckerberg comprendió muy pronto que internet era el punto de encuentro de la aldea global. Y fue en el campus de Harvard donde dio los primeros pasos de su Facebook, ese inmenso patio de vecindad virtual donde se cultivan, se deshacen o se desentierran las relaciones interpersonales.

Hoy en día cruzar el umbral de la megatienda de Apple situada en la Quinta Avenida de Nueva York es tan obligado como visitar el Moma o Central Park. En cuanto a Facebook, ocho años después de que Zuckerberg y un puñado de compañeros lanzaran su invento, el número de usuarios sobrepasa los 800 millones. Su enorme éxito no ha sido un golpe de suerte, sino el resultado del arrojo y la laboriosidad de unos visionarios.

Ciertamente, no todo el mundo posee el portentoso talento de un Steve Jobs o un Mark Zuckerberg, pero no basta con tener un coeficiente de inteligencia elevado para triunfar. Ambos son ejemplos de que la constancia y el trabajo arduo son factores imprescindibles para llevar adelante cualquier iniciativa por pequeña o ambiciosa que sea.

Zuckerberg y todos los que le acompañaron en la primera etapa (cuando muchos no habrían dado un duro por la peregrina idea de una red social virtual) hoy son más ricos que nunca.

Desde el artista que pintó los murales de grafiti en las primeras oficinas de Facebook y se le pagó con acciones, hasta el propio padre del precoz entrepeneur, que financió las primeras ideas de su hijo. Incluso antiguos socios que en el camino se enemistaron con el fundador, conservaron stocks que les garantizarán un porvenir de lujo.

De Mark Zuckerberg ya se filmó un magnífico filme, The Social Network, que capta la esencia de este cuento con final feliz. De Steve Jobs conservamos una formidable biografía escrita por Walter Isaacson, que merece un guión para llevar al cine la azarosa existencia del más complejo creador de los últimos tiempos. Mark Zuckerberg y Steve Jobs son la prueba de que el sueño americano is well and alive.

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