[EN LA CORTA DISTANCIA]

Para que nos quieran más

Por regla general, el escritor triunfa con su escritura cuando consigue abrirse paso en el tiempo; y contra el tiempo gana una batalla que estaba llena de incertidumbre.

Algunos escritores escriben para que sus amigos los quieran más. O eso dicen, que ese es su primer objetivo, cuando les preguntan por qué escriben. Los más serios, que no se permiten el lujo de la boutade ni con periodistas ni con académicos, dicen que escriben porque si no serían asesinos en serie y terminarían en la cárcel. Algunos otros incluso terminan en la cárcel sin ser asesinos ni matar a nadie, sino que por mero hecho de escribir se proscriben. Dice el que sabe que el que escribe se proscribe, porque escribir es desnudarse delante de la gente, y de esos amigos que dicen que nos quieren mucho pero en el fondo nos desprecian, y que ese strip-tease suele traer muy malas consecuencias y situar al escritor fuera de la ley.

Kafka, como Cervantes, estuvo a lo largo de toda su vida al borde del abismo, entrando y saliendo de la ley, entrando –el segundo– y saliendo de la cárcel por motivos diferentes. Eran unos proscritos de la realidad y de la ley, como lo son y lo han sido otros tantos escritores que, sin saber cómo e incluso sabiéndolo, se meten en graves problemas por culpa de su propia escritura. Emile Zola pasó a la historia por molestar a su sociedad y al Príncipe de Lampedusa, el excelente escritor de El Gatopardo, nadie le hacía caso algunos cuando se recluía en una confitería del Palermo histórico a comer bollos mientras leía de un tirón las novelas de Balzac. Cuentan que el propio Balzac, acuciado por las deudas y por la ley, escribió una novela en una sola noche, desde que oscureció hasta que se hizo de día, para salir del paso y no entrar en la cárcel.

Con mis propios ojos he visto cientos de letras de cambio firmadas por Benito Pérez Galdós para salvar la imprenta madrileña en la que publicaba sus novelas y episodios escritos, un inmueble que hoy es el Hotel Kafka, ¡vaya por Dios!, un centro de didáctica literaria. Para que luego digan que el pescado es caro y que nunca hay casualidades.

He visto a cientos y cientos de escritores de mi generación, hombres y mujeres que querían ser grandes escritores y escritores cuyo talento no llegó a desarrollar, sino que se quedaron en glorias locales, estatuas domésticas, sonrisas y aplausos de pueblo: esos son los peores enemigos de quienes de verdad se lanzan a la aventura de la vida hasta convertirse por los años de los años en escritores que no pueden vivir sin escribir, porque hicieron de su vocación un vicio, como decía John Updike, y de su vicio una profesión laberíntica fuera de la cual no encuentran ningún incentivo.

Por regla general, el escritor triunfa con su escritura cuando consigue abrirse paso en el tiempo, y contra el tiempo gana una batalla que estaba llena de incertidumbre. Un escritor triunfa por el mero hecho de serlo, por el simple hecho de poder escribir todos los días lo que le dé la gana y donde le dé la gana. Otra cosa es tener el favor de los lectores y el triunfo social, una vez que su obra se edita y se pone en manos de un público hipotéticamente mayoritario.

Ayuda mucho a escribir el ego que cada escritor alimente en su soledad. El ego es sustancial al escritor, al creador, a lo que Vargas Llosa llama el deicida, y sin ego no se va a ninguna parte ni en la escritura ni en la vida, dos cosas que para el escritor, como dejó bien escrito Semprún son la misma cosa.

Uno de los mejores ejemplos de escritura del siglo XX es el de Albert Camus. En vida, el tipo se abrió camino contra el discurso político dominante y tuvo la visión de futuro que, por ejemplo, le faltó a Sartre. El resultado es el de siempre: hoy a Sartre no lo lee casi nadie y a Camus lo seguimos leyendo, estudiando y admirando. Así parece que son las cosas, aunque no le guste a todo el mundo. El otro día discutí en Lima con un amigo sobre literatura. Dije que yo no era flaubertiano ni de coñá, sino que era prusiano. Y joyceano, bastante, le dije.

Para Vargas Llosa ser flaubertiano es tan importante en su literatura y en su escritura como la misma literatura de la que vive colgado desde que escribió su primer cuento, antes de cumplir 15 años. Sin embargo, Proust está presente en sus escrituras, aunque él no lo vea tan claro como sus lectores y estudiosos de su literatura.

No creo que Vargas Llosa escriba para que lo quieran más sus amigos, como ha dicho que lo hace García Márquez ni siquiera creo que García Márquez dice en esta ocasión la verdad: como gran novelista es un gran mentiroso, que de tanto mentir diciendo la verdad ha terminado por perder la memoria en en el laberinto de su propia mente. Ahora, también por eso, sus amigos lo quieren más.

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