[EN LA CORTA DISTANCIA]

La ruina de Europa

La crisis está ahora servida. Hervida e hirviendo: nos quema a todos, que ahora somos mucho más pobres que hace tan solo unos minutos.

La historia entera de Europa está llena de ruinas. La memoria de los años europeos semeja un reguero de sangre y hambre, camino –dicen, decimos– de la libertad. De una ruina a otra, de crisis en crisis, Europa se ha levantado una y otra vez sobre sí misma para proyectar en el horizonte del futuro la esperanza de ser otra vez libre, fraterna e igual. Tras la II Guerra Mundial, los padres de Europa, de Adenauer a Monnet, creyeron llegado el momento de crear un fantástico mecanismo por medio del cual superar las contradicciones históricas del continente y sus constantes tensiones nacionalistas: la Unión Europea.

El mecanismo inventado por los últimos hombres y mujeres grandes que ha dado Europa surgió de las ruinas de una guerra infinita con la ayuda de Estados Unidos, en medio de una “guerra fría” que hizo más difícil todavía la creación del sueño. Pero, poco a poco, con paciencia, tenacidad y talento, Europa volvió a salir adelante. Desde los años 60 del siglo pasado hasta que murió ese mismo siglo, Europa vivió el resurgir del ave Fénix: sobre sus propias ruinas edificó un pensamiento europeo que superaba el Estado–Nación sobre el que se asentaba secularmente e inventó una moneda que tenía que ver con la idea de un gran mercado común, el mismo que había comenzado a soñarse en el Tratado de Roma.

Todos estos decenios lo han sido de gran fiesta, desde la ruina a la riqueza, desde la destrucción a la rehabilitación. Cincuenta años nos contemplan; 50 años en los que la guerra desapareció de Europa, hasta que la vergüenza y la descomposición de la antigua Yugoslavia comenzó a hacernos ver que no todo el monte era aquel orgasmo histórico que estábamos viviendo, tras la reunificación de Alemania. Después, poco a poco, Europa se ha ido despertando de su sueño de farra para ver en el cercano horizonte, una vez más, la ruina económica. Pero esta vez no nos lo hemos gastado en guerras, sino en diversiones y estéticas que, aunque tuvieron al principio buena intención, acabaron en la avaricia financiera y el latrocinio del sistema. Las élites comunistas habían desinflado con su actividad criminal la esperanza del comunismo; las élites capitalistas hundieron el capitalismo europeo saqueándolo de arriba a abajo. La crisis está ahora servida. Hervida e hirviendo: nos quema a todos, que ahora somos mucho más pobres que hace tan solo unos minutos.

Grecia, Portugal, Irlanda, Bélgica, Holanda, España, Italia: todos estamos bajo el peligro de la ruina inminente en la que nos sumimos y a la que nos sometemos asombrados, en la resaca de una fiesta que ha durado demasiado.

Hay quienes dicen, con bastante sabiduría, que Europa ya no tiene más que un camino para no retroceder en la historia: superar definitivamente la noción política del Estado–Nación y crear la confederación política de sus naciones. Para tal menester hay que ceder soberanía nacional e integrarse en su proyecto con lealtad común, tal como los padres de Europa pensaron el continente de las ruinas de la guerra. ¿Hay grandeza para tal proyecto? Habría que comenzar por tener una sola autoridad bancaria y financiera que decidiera por los actuales ministros nacionales de economía y finanzas, todos ellos defendiendo proyectos nacionales antes que el proyecto europeo. Hay que deshacer en paz esa mentalidades nacionalistas del pasado, ideologías que regresan a imponer las fronteras nacionales con el trabajo que ha costado hacerlas caer. Estamos, pues, en una encrucijada muy grave, en la peor crisis de las instituciones europeas: en plena ruina, tirar hacia adelante, recuperar la confianza, pactar la lealtad, caminar hacia el futuro todos juntos sometidos a nuevas autoridades europeas, que engloben al mismo tiempo la economía y la política. De lo que no estoy muy seguro es de que nuestras naciones europeas, en la ruina total, crean que ahora es el nuevo momento de una Europa que al fin pueda proclamar en pocos años el éxito de su proyecto.

En cuanto a España, ayer mismo nos creíamos los más ricos y guapos del mundo. Todo ese mundo quería el primer baile de la fiesta con nosotros, despilfarramos fortunas enteras sin tener en cuenta las profecías de algunas Casandras que daban gritos de pavor ante el delirio del gasto superfluo y libérrimo. Ahora nos flagelamos porque nuestros nietos más niños tendrán que pagar nuestra juerga, aquella farra que duró años y deslumbró a quienes se acercaban a España. Todo el mundo quería ser como nosotros, que éramos un milagro de mentira y que nos cambiábamos de ropa para el baile tres veces al día. Ahora ha llegado la hora del pensamiento y la pobreza: otra vez Marcuse en la lejanía de nuestra memoria. Y Saramago, que decía que en Europa o triunfaba el mestizaje o esa misma Europa no sería. Estamos en esa encrucijada. Y hay que saltar el obstáculo con fe, esperanza y obstinación. Y con mucho talento para salir de la gran crisis.

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