[CINÉFILOS]

En una sala oscura

El cine no se ha librado de los recortes que impulsa el gobierno del Partido Popular. Ante las protestas del sector, el ministro de Hacienda explicó que el cine español era ´malo´.

En España, si se quiere saber si una persona es de izquierdas o de derechas, no hay que profundizar en disquisiciones ideológicas. Basta con averiguar si está o no de acuerdo con que el Estado subvencione el cine y si le gusta o no el producido en el país. El primero apoya la idea y ve con agrado las películas nacionales; el conservador está en contra y confiesa sin ambages que prefiere el francés o el americano.

La razón de estas dos posturas distintas es sencilla: el de izquierdas defiende la ayuda estatal en el progreso de la cultura, así como defiende la escuela y la sanidad públicas, la asistencia al desempleado y a los que no pueden valerse por sí solos, por ejemplo, en tanto que el conservador, que no renuncia a esos beneficios –parte de los recursos provienen de los impuestos que todos pagamos–, se inclina a creer que la iniciativa privada es lo único válido y que las subvenciones son fuente de corrupción. Sin embargo, la fiebre, una vez más, no está en la sábana, es decir, en los subsidios, sino en la gente que los usa como no es debido. Todo depende de la educación del pueblo. Solo así se explica que en los países nórdicos el Estado lo subvencione casi todo y que el grado de trampa sea mínimo. Conciencia cívica y colectiva que se llama. Que incluso los países más ricos y desarrollados tengan que hacer sus ajustes en esta época de crisis, como anunciaba el rey Guillermo de Holanda el día de su coronación, no quiere decir que su modelo social haya fracasado.

Pero volvamos al cine, que no se ha librado de los recortes a los que nos ha sometido el gobierno del Partido Popular en los dos últimos años. No es que anteriormente la partida fuera muy elevada, de hecho es uno de los países de Europa que recibe menos dinero en este sector, pero se añade a ello que el impuesto a las salas ha subido de un 8% a un 21%, lo que evidentemente recae en el precio de las entradas que compra el espectador. Para hablar claro, si hace dos años pagábamos unos 5 euros ($6.75) por ver una película en capitales de provincia, ahora pagamos 7 ($9.45) y sencillo, mientras que en Madrid y Barcelona el precio ronda los 10 euros ($13.50).

Ante las protestas del sector por el tijeretazo a las ayudas, el ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, explicó, sobre chispa más o menos, que el cine español era “malo” (de lo que se deduce que no merecía la pena invertir en ese género) y que por eso no tiene seguidores. En este punto hay que destacar que el gobierno conservador y la gente del cine (actores, directores, productores etc., casi todos ellos de izquierda) han estado y están siempre a la gresca. Cuando Aznar dio su apoyo a George Bush hijo para invadir Irak, fueron ellos los que encabezaron las protestas del “No a la guerra”, y es ya una constante que en la gala de los Premios Goya, los más importantes del sector, haya más manifiestos políticos que análisis cinematográficos.

A finales de octubre se celebró, como todos los años, la fiesta del cine, tres días en los que la entrada en las salas adscritas a la actividad cuestan tan solo 2.90 euros ($3.91). Fue, una vez más, un éxito absoluto. Filas que daban la vuelta a la manzana, salas repletas de gente de todas las edades, pero sobre todo jóvenes, y bares y cafeterías aledaños con lleno de clientes después de las sesiones. En el ciclo había de todo, incluidas varias películas españolas.

El ministro Montoro se equivoca. El cine nos gusta, y ni la televisión ni internet ni el home cinema pueden competir con la actividad colectiva de ver una película en una sala oscura, con buen sonido y en pantalla gigante. Lo que ocurre es que no podemos pagarlo.

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Cortesía/Sinaproc

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