[SOCIEDAD]

Al servicio doméstico, trato digno

Según la Organización Mundial del Trabajo, en el mundo las mujeres representan más del 80% de los empleados domésticos, unos 44 millones en total.

Enseñados a tener domésticas en casa desde la infancia, incluso las familias de pocos recursos económicos, muchos latinoamericanos llegan a Estados Unidos con nostalgia de ser patrones.

Las amas de casa añoran recibir su café mañanero y el desayuno en cama y dar órdenes a la servidumbre en público para presumir ante los demás que escalaron a un estatus social superior, porque pueden pagar sirvienta en un país donde la mano de obra cuesta caro.

Delante de sus amigas, la “señora” de la casa desliza un dedo sobre la mesa, sube la ceja con actitud negrera e indaga de manera inquisidora: “¿no me dirá que pasó un trapo por aquí?”.

Al pisar “tierra de libertad” en Estados Unidos, esas familias arrogantes, con ínfulas de pequeños burgueses, enfrentan una dura realidad: pagar legalmente una empleada del servicio doméstico es un lujo. Entonces, se las ingenian para traer sigilosamente de su país a lo que ellas llaman “una sirvientica lo más bruta posible”, ignorante de las leyes laborales y de inmigración, a quien le esconden el pasaporte y la encierran en casa, prohibiéndole, incluso, hablar con las visitas. “Te la pueden sonsacar”, le dice la amiga cómplice a la señora con presunciones de patrona.

Las obligan a vestir uniforme para diferenciarlas de “la gente bien”; su horario no tiene fin; duermen marginadas y despreciadas en un catre, soportando frío en invierno y calor en verano; las ponen a un régimen alimenticio desalmado; les reclaman por el “gran sueldo” de 100 dólares al mes, que no se lo entregan sino que se lo “guardan” y, además, se lo sacan en cara: “¡Descarada!, cuántos pesos (bolívares, quetzales, lempiras, córdobas, o de donde venga) te estamos dando. Allá en tu país no te ganarías ni la mitad”.

Esa actitud déspota es un trauma genético de la colonización española. Es la venganza por tantos años de sumisión. Todos quieren ser amos. La primera señal de ese desquite heredado es la forma peyorativa al referirse a ellas: la manteca en Colombia, además de ser la grasa popular para cocinar, es el término denigrante para referirse a una muchacha del servicio. También les dicen: guisa, coima o queca. En Venezuela: cachifa; en República Dominicana: chopa; en México: chacha, moza o gata; en Honduras: nacha y en Nicaragua, criada.

Según la Organización Mundial del Trabajo, en el mundo las mujeres representan más del 80% de los empleados domésticos, unos 44 millones en total. En algunos países, las empleadas domésticas reciben abuso físico y sexual, aislamiento y hasta han muerto por maltrato.

El hogar no es un lugar de trabajo convencional y en la mayor parte de los países es una industria sin ley. Los empleados vienen de sectores marginados de la sociedad, tienen poca educación y, por lo general, pertenecen a grupos étnicos discriminados. Esos factores deberían hacernos más responsables como “patrones”.

En esta época donde se lucha intensamente por los derechos humanos, la gente debe reflexionar y aplicarlos en quienes les sirven en casa, tratándolos como quisiéramos que nos trataran a nosotros, dándoles servicios de salud, descanso y vacaciones, pero ante todo, respeto y dignidad. @RaulBenoit

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