[EN LA CORTA DISTANCIA]

El sueño del futbolista adolescente

Me queda, como al poeta, la palabra, Y la memoria, ya que no el sexo, con el mismo brío que cuando era más joven. Y me queda la memoria escrita del fútbol...

Ayer, recién llegado de Lima, Perú, Florentino Pérez, presidente del Real Madrid, me impuso la insignia de plata del club blanco: 25 años de socio (en mis segundas nupcias con el Real Madrid, dejé de ser socio la primera cuando era muy joven, y volví a serlo con la llegada de la sensatez, poco más de los 40 de edad). Le regalé a Florentino Pérez, en ese mismo momento, Cuando éramos los mejores, la novela casi autobiográfica que escribí en homenaje al fútbol, una de mis pasiones vitales incansables e inevitables. Digo siempre que conocí primero el fútbol y luego, poco tiempo después, el sexo y que, junto a la literatura (... mundo, demonio y carne...), han sido mis tres divinidades en la vida, además de la amistad con mis amigos.

Me queda, como al poeta, la palabra, Y la memoria, ya que no el sexo, con el mismo brío que cuando era más joven. Y me queda la memoria escrita del fútbol, Cuando éramos los mejores, cuyo título original da nombre a este comentario dominical. Así, como El sueño del futbolista adolescente, se ha traducido a otras lenguas cultas con notable éxito de recepción popular. Sobre todo en Italia, donde el fútbol, como en España, es un discurso político y vital más que cotidiano. Sí, así es: fui futbolista casi profesional en el equipo amateur del Real Madrid, hasta los 21 años, edad en la que decidí abandonar por imposible la aventura de llegar a ser jugador del mejor equipo del mundo, los blancos de Di Stéfano y Puskas. Pero ahí, en el césped del Bernabéu, me crecieron los dientes del deporte, como me habían crecido en mi adolescencia los dientes del boxeo. Hubo un tiempo en que el boxeo lo era casi todo para mí: el sistema métrico de los puños. Me gustaba mucho hablar (y leer las hazañas) de Panama Al Brown, de quien el pintor Eduardo Arroyo escribió un libro-homenaje sensacional.

En cuanto a los puños, los tuve que utilizar un par de veces en serio. Y en público. La última vez que recuerdo una de mis trifulcas de boxeo fue en Barcelona, el 7 de marzo de 1989. Me habían otorgado el Premio Internacional de Novela Plaza y Janes, e invité a mi mesa en el restaurante Siete Puertas, más de 300 personas cenando en ese momento, al poeta José Agustín Goytisolo. Me ofendió y lo aguanté. Con resignación, por supuesto. Quiero decir, con ira contenida. Siguió ofendiéndome y hasta quiso humillarme al intentar darme un cachetón. Lo fulminé de un puñetazo que ya es historia. El poeta acabó, años más tarde, suicidándose pero no creo que mis puños tuvieran nada que ver, la verdad, sino esa capacidad que tenía el catalán para autodestruirse como si fuera heroicidad homérica. Algunos periodistas, de esos que no dicen la verdad ni a tiros (pero que quieren que todo lo que escriben sea creído como verdad por sus lectores), dijeron y escribieron que Goytisolo se había caído casualmente de una ventana mientras arreglaba una persiana. Como dicen en mi tierra, a peor la mejoría. Conociendo al personaje esa versión mentirosa fue peor como remedio que lo que la verdadera enfermedad del poeta, la frustración, insinuaba.

Telón. Vuelvo al fútbol. Retirado totalmente del sexo por la misma fuerza de la vida, y sin jugar al fútbol en serio desde hace más de 40 años, todavía tengo sueños eróticos muy vivos y, de paso, a veces sueño muy vivamente que por fin estoy jugando en aquel Real Madrid de los mejores, al lado de Ignacio Zoco, Antonio Betancor y algunos de los futbolistas más geniales que he visto en mi vida. No crean, tanto los eróticos como los sueños del fútbol duran mucho tiempo, o al menos esa es mi impresión cuando me despierto o cuando creo que me estoy despertando. Donde ya no quedan más que sueños, en ese mismo lugar, hay deseos que no se han cumplido o que se repiten como melancolía, ese sentimiento que es como la añoranza de la tristeza, de un tiempo pasado que, claro, fue mejor en algunas cosas y peor en todas las demás.

Me he mirado al espejo de mi cuarto de baño nada más entrar en mi casa de Madrid: para ver ahí, en la solapa, la insignia de plata del club que me sigue haciendo soñar tanto como cuando era joven. Veo todos sus partidos. Antes en el palco presidencial del Bernabéu, en Madrid. Ahora en mi casa, por televisión, y fumándome unos tabacos cubanos que no se los salta ni Juan Belmonte. Mientras tanto, les confieso que, a estas alturas ya del fútbol no me gustan muchas cosas. Y a veces me aburre. Con decirles que me interesa más el Real Madrid en sí mismo que el fútbol está dicho todo. Al menos por hoy.

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