[ESTUDIO]

Otras tierras

Entre los empeños más populares que tiene la astrofísica se encuentra en primer lugar el de descubrir vida fuera de nuestro mundo. Vida inteligente, a ser posible. Carl Sagan, el más conocido de todos los científicos que miran hacia las estrellas, dedicó buena parte de su vida y de sus energías a ese propósito.

Se han hecho a menudo cálculos acerca de las probabilidades que existen de que los ácidos nucleicos autoreplicantes tengan un segundo hogar –o un tercero, o los que resulten ser– en el universo, aunque esas aproximaciones matemáticas dejan de lado un asunto esencial: el de que la vida puede ser un acontecimiento azaroso y, por ende, escapar a las estadísticas que, como se sabe, se fundamentan en los grandes números.

Pero puestos a considerar cantidades gigantescas, las galaxias, con su número ingente –cada una de ellas albergando centenares de miles de millones de estrellas– dan paso a la esperanza de que se encuentre, algún planeta semejante al nuestro. Los filósofos han acuñado un nombre, el de “principio antrópico”, para etiquetar la búsqueda de vida a partir de nuestros propios patrones. Podría ser que la vida, entendida como la presencia de moléculas capaces de llevar a cabo funciones semejantes a las del DNA y, en último término, de organismos que puedan tal vez alcanzar la autoconciencia, se construyese a partir de otros fundamentos. Las computadoras, que son lo más parecido que hay a nosotros en términos de inteligencia aunque, por suerte, no se replican, tienen alma de silicio y no de carbono. Pero parece lógico pensar que si existe algún tipo de vida que sepamos capaces de reconocer será más fácil encontrarla en planetas semejantes al nuestro.

La revista Nature ha dedicado hace poco su portada a esos planetas. El homenaje viene a cuento porque un equipo formado por numerosos científicos y dirigido por François Fressi, del Harvard-Smithsonian Center for Astrophysics de Cambridge, Massachussets (Estados Unidos), ha descubierto dos planetas, uno de ellos de tamaño muy semejante al nuestro y otro más pequeño, en órbita alrededor de la estrella Kepler-20 que es semejante al Sol y está situada en nuestra misma galaxia, a unos mil años luz de distancia.

Se habían detectado ya en Kepler-20 tres planetas con anterioridad, aunque mucho más grandes que los recién descubiertos. La duda consiste ahora en averiguar cuál es la masa de las nuevas “Tierras” aparecidas. Cuando se averigüe, dispondremos de datos esenciales acerca de la estructura de un complejo planetario como el de Kepler-20 que, ya de entrada, parece mucho más denso que el nuestro: los cinco planetas de esa estrella se encuentran todos ellos más cerca de ella que Mercurio del Sol. Malas perspectivas para quienes andan en busca de hombrecitos verdes. Pero todo un desafío de cara a entender la diversidad de mundos que existen en este rincón del universo.

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