[EXTRACTO]

La vida fracasa bajo el califato del terror

La inicial acogida del Estado Islámico por los suníes de Mosul, descontentos con el gobierno rival de Bagdad, ha dado paso a una pesadilla cotidiana sin luz ni agua.

“Apenas tenemos una hora de electricidad cada tres días, los alimentos se han puesto por las nubes y faltan medicamentos”, relata Salma (nombre ficticio), una profesora universitaria que vive en Mosul (Irak) bajo el califato proclamado por el Estado Islámico (EI). Mientras el resto del mundo se fija en que los extremistas han impuesto el velo integral a las mujeres o crueles castigos físicos, para el millón y medio de maslawis –los habitantes de Mosul– que no ha abandonado la ciudad lo más inmediato es la supervivencia cotidiana.

“Hay una crisis asfixiante. Los precios han subido mucho y quienes no cobran un salario lo están pasando muy mal; incluso hay quien teme morir de hambre”, señala por teléfono esta mujer que pidió preservar su intimidad. Cuenta que aunque hay tiendas cerradas, el mayor problema es la carestía de los alimentos. Ella y su marido, empleados públicos, aún pueden pagarlos porque el gobierno ha seguido transfiriéndoles sus salarios. Otros no son tan afortunados. Pero ni siquiera con dinero es posible adquirir la insulina que necesita uno de sus hijos, diabético.

Salma y su familia viven en los edificios para profesores situados cerca del campus universitario. Es una zona “de clase media”, donde los milicianos no llegaron hasta el día 10 de junio, tres días después de que hubieran entrado “sin combate” en la otra orilla de la ciudad. Sin combate, porque la campaña de terror que desataron previamente en Siria, donde la ONU les acusa de ejecutar a civiles en público “para aterrorizar a la población” y someterla, hizo poner pies en polvorosa a quienes podían haberles hecho frente.

Se estima que una cuarta parte de sus dos millones de habitantes optó por marcharse. Tal fue el caso de cristianos y otras minorías, a quienes dan la opción de convertirse o morir. Pero también árabes chiíes, e incluso suníes que habían trabajado para el gobierno central o que temieron más el riesgo de verse atrapados en una guerra que la incertidumbre de convertirse en refugiados.

“Inicialmente, la gente acogió bien al EI porque protegía las oficinas estatales, los bancos y otros establecimientos públicos. Además, quitaron los bloques de hormigón que nos hacían sentir como si viviéramos en una cárcel”, admite Salma.

Mosul, como Bagdad, se había llenado en los últimos años de grandes muros de hormigón para proteger de atentados los edificios del gobierno, algo que estrecha calles, provoca atascos y afea un paisaje urbano ya de por sí muy deteriorado. A pesar de que recibieron bien su retirada, Salma precisa que entre sus amistades las banderas negras que son la imagen de marca del grupo dieron mal fario. “Temimos que iban a imponer normas draconianas contra la gente”, asegura. Apenas dos días más tarde, el jueves 12, los altavoces de las mezquitas difundieron la nueva Carta de la Ciudad, de acuerdo con su interpretación de la ley islámica (sharia). En ella se prohíben las armas y las banderas que no sean las del EI, y el consumo de drogas, alcohol y tabaco; se establecen castigos físicos como la amputación de manos a los ladrones o la lapidación de los adúlteros, y se estipula que las “mujeres deben vestirse con decoro”, un eufemismo para el velo integral que cubre la cara (niqab), y no salir a la calle sin la compañía de un varón.

Esas normas recuerdan a los talibanes. Incluso como aquellos fanáticos, el Estado Islámico se ha dedicado a destruir santuarios y estatuas. También ha instaurado patrullas morales para asegurarse de que no se violan sus normas. A pesar de esos controles, la seguridad no está garantizada.

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