Academia en un estadocataléptico

El 16 de mayo de 1921 se fundó en Panamá la Academia Panameña de la Historia, que hoy no vive su mejor época.
El Palacio Municipal de Panamá. LA PRENSA/Archivo. El Palacio Municipal de Panamá. LA PRENSA/Archivo.
El Palacio Municipal de Panamá. LA PRENSA/Archivo.

Siguiendo una tradición que se remonta a la creación de sociedades culturales en Europa durante la Ilustración, el 16 de mayo de 1921 se fundó en Panamá la Academia Panameña de la Historia. Fueron sus fundadores Ricardo J. Alfaro, Enrique J. Arce, Antonio Burgos, Octavio Méndez Pereira y Juan B. Sosa.

Desde sus inicios, la Academia Panameña de la Historia fue correspondiente de la Real Academia de la Historia de España, con sede en Madrid. En años posteriores a su establecimiento, su personal aumentó con la incorporación de intelectuales panameños de valía, quienes sin ser, en su mayoría, historiadores profesionales, se dedicaron con esmero a promover los estudios históricos en una incipiente república que requería de todo esfuerzo encaminado a apuntalar la identidad nacional.

En 1931, el Gobierno nacional le reconoció la personería jurídica. La Ley 62 de 1934 dispuso el patrocinio estatal de la Academia, encomendándosele al Gobierno el suministro del local donde habría de funcionar. La Ley 65 de 1941 colocó a la Academia bajo la dependencia del Departamento de Bellas Artes del Ministerio de Educación (hoy, Instituto Nacional de Cultura, INAC) y actualizó sus funciones.

Según este precepto, corresponde a la Academia Panameña de la Historia “hacer investigaciones en archivos y bibliotecas, de carácter histórico, para ser publicadas en el Boletín de la Academia y en forma de folletos y libros; coleccionar documentos que puedan ser fuente de conocimientos históricos, sobre todo si son nacionales; colaborar con el Departamento de Bellas Artes en el cuidado de los monumentos históricos nacionales” (Art. 4).

La Academia –señala Ernesto J. Castillero en su Historia de la organización (1971)– “sostuvo por un decenio la publicación de un Boletín dirigido por el Secretario”– Juan Antonio Susto “desde enero de 1933 hasta enero de 1943. Fueron en total veintiuna entregas de muy selecta literatura histórica.”

El Estatuto de la organización, dictado en 1944, fijó en 20 el número de miembros titulares. Con esta cifra de integrantes continuó operando en un modesto espacio situado en la casa municipal de la Plaza de la Catedral, hasta los años 1970, cuando diferencias aparentemente insalvables entre sus miembros obstaculizaron el funcionamiento de la sociedad.

En la actualidad, solo sobreviven como académicos, reconocidos por la Real Academia de la Historia de España, Alfredo Castillero Calvo y Samuel Gutiérrez (http://www.rah.es/laAcademia/academicos/correspondientesHispanoamerica.htm#).

En un país con crecimiento económico envidiable y abundancia de recursos para destinar a fines diversos, es de sumo deplorable que el organismo oficial dedicado al cultivo de la historia permanezca en estado cataléptico. Sería muy positivo para el desarrollo nacional que se pudiese reactivar esta sociedad, mediante un esfuerzo serio de incorporación de historiadores meritorios, de comprobada vocación investigativa y docente, a efectos de dar cumplimiento a lo que estipula la Ley, así como a los loables objetivos trazados por quienes en 1921 dieron vida a la Academia Panameña de la Historia.

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