Atracción por la cárcel de Capone

El sitio cerró en 1971 y en 1994 se abrió un museo que recibe a unos 330 mil visitantes al año, curiosos por ver la celda del criminal Al Capone.

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El sitio en ruinas es una atracción turística. El sitio en ruinas es una atracción turística.
El sitio en ruinas es una atracción turística.

Si Al Capone levantara la cabeza, no daría crédito: la histórica Penitenciaría Oriental del Estado de Filadelfia (Estados Unidos), donde purgó su condena el famoso gánster, es hoy una atracción invadida por turistas que husmean entre sus ruinas.

Todavía impresionan -e intimidan- la inexpugnable muralla y la adusta fachada neogótica, con sus dos torres almenadas ennegrecidas, que dominan el número 2027 de la avenida Fairmount de Filadelfia, donde se alza la legendaria prisión.

La presencia amenazadora de la cárcel contrasta con el murmullo alegre que escapa de los animados bares abiertos al otro lado de la calle, situada en un barrio residencial y turístico de “Philly”, como se conoce coloquialmente a la ciudad que fue cuna de la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos.

Esa zona no era más que un campo a las afueras de la urbe en 1787, cuando la Sociedad de Filadelfia para Aliviar las Miserias de las Prisiones Públicas propuso construir una cárcel diseñada para provocar el arrepentimiento sincero en el corazón de los criminales.

Más de treinta años después, las autoridades de los recién nacidos Estados Unidos de América aprobaron un proyecto radical que rompía con el sistema imperante al desestimar el castigo corporal y promover la reflexión espiritual entre los reclusos.

El arquitecto John Haviland planteó una especie de castillo amurallado de estilo neogótico formado originalmente por siete galerías arqueadas -con 450 celdas- y dispuestas como los radios de una rueda, que convergían en una torre central de vigilancia.

Haviland concebió un “monasterio forzoso”, en el que cada preso vivía totalmente aislado en una pequeña celda de techo abovedado, como el de una capilla, sin más compañía que la Biblia y una mesa de trabajo en busca de penitencia (de ahí el término penitenciaría).

El habitáculo tenía calefacción central, agua corriente, aseo y un tragaluz, el llamado “Ojo de Dios”, una clara advertencia de que el Todopoderoso observaba siempre el comportamiento del prisionero.

Para apreciar el vanguardismo del penal, conviene recordar que la Casa Blanca, ocupada por el presidente Andrew Jackson, carecía entonces de agua corriente y se calentaba con estufas de carbón.

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