reflexiones

Caer para aprender a levantarse

Muchos padres suelen limitar las experiencias del niño de tal forma que no exista el aprendizaje que dan las caídas o la desilusión. LA PRENSA/Archivo. Muchos padres suelen limitar las experiencias del niño de tal forma que no exista el aprendizaje que dan las caídas o la desilusión. LA PRENSA/Archivo.
Muchos padres suelen limitar las experiencias del niño de tal forma que no exista el aprendizaje que dan las caídas o la desilusión. LA PRENSA/Archivo.

Como padres, toca cuidar a los hijos. Desde los primeros años se cuida de todas sus necesidades físicas y emocionales para verlos felices, desarrollándose sanos y fuertes en todo sentido. Como padre, uno desea que la vida cause el menor de los sufrimientos, sabiendo que estos son parte normal de la experiencia humana y que, al final, la vida es dura y los retos y caídas llegarán.

Me decía alguien que después de que sus hijos nacieron no hubo más nunca una noche de sueño profundo, ni de bebés ni de adolescentes.

Pero debemos tener cuidado. Así como existe la negligencia infantil, existe la sobreprotección. Las secuelas de esta última no sé si son mejores o peores. Con frecuencia, padres bien intencionados realizan actos casi de ingeniería para que el hijo no sufra, ni siquiera las penas que son normales y por consiguiente necesarias en la vida.

Hay niños que tienen siempre una actividad preprogramada para que no se aburra, que será con los amigos “correctos” y preseleccionados. Son niños que aunque no hagan el esfuerzo requerido, reciben casi, si no todo, lo que piden. Son jóvenes que tienen permisos permanentes y cuyos padres no dicen que no por temor a que eso los vaya a frustrar o perjudicar de alguna manera.

Es importante recordar que la frustración es una experiencia tan importante como la gratificación, y que el fracaso nos enseña a valorar el éxito. La vida está hecha de contrastes, y si limitamos las experiencias del niño de tal forma que no exista el aprendizaje que dan las caídas o la desilusión, le estamos quitando la oportunidad de desarrollar fortaleza, flexibilidad y capacidad de adaptación y sobrevivencia.

Esto en sí crea seres humanos emocionalmente frágiles y vulnerables. Al primer fracaso, que llega típicamente en la adolescencia o siendo un adulto joven, se derrumban y se deprimen porque no saben cómo lidiar con la transitoriedad de una caída. No le dejaron aprender.

Hace años leí un libro cuyo título nunca olvidaré: La bendición de una raspada en su rodilla, y que hablaba precisamente de cómo muchas veces los padres, tratando de proteger a sus hijos de las dificultades inherentes a la vida, impedían que el niño experimentara la frustración de esas caídas y “raspadas”.

Con ellas se aprende que lo que sigue es que uno se levanta, se sacude y se sopla un poquito la rodilla, quizás busca que le pongan una curita, pero sale de vuelta a jugar y a vivir su vida, sabiendo que vendrán más caídas y que podrá superarlas.

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