Ciao Restaurant

La oferta del establecimiento consiste en tapeos, ´pizzas´ y excelentes postres.

El sitio es una verdadera caverna, y es ante todo un lugar para tapeo, ya que hay en proporciones iguales mesas de café y mesas de comer, estas últimas chiquititas. La música, bastante alta, pero en medio de la alharaca puedes tratar de leer el menú, y digo “tratar” porque la letra es minúscula y la luz ambiental también.

Después de todo el pereque, logramos discernir que es una lista con 17 platos de tapeo, más cuatro pizzas, y de entre ellas, ordenamos la de jamón serrano y arúgula. Llegó gélida a la mesa, pero ese fue el único chasco de la noche. El resto estuvo muy bien, en gran parte gracias a la fina atención de nuestro salonero, Ismael.

Pedimos un plato con tres Siu mai de cerdo y plátano en tentación, que trajo una rica salsa con un poco de picor debido a su encurtido de ají dulce, dentro de un caldito que estoy casi segura traía nam pla. Excelentes.

Luego, un trío de quesos de cabra de Kiaora (oh regocijo, en un momento las cabras valleras estuvieron deslechadas, para mi consternación y rasgue de vestiduras): un chèvre clásico, un chèvre con hierbas y una redondela de bûche, o sea queso con costra lavada tipo Brie, todos con una compota de tomate de árbol y unas de pato al Pequín que no fueron tales, sino unos conos fritos de tortilla con julianas de pato adentro, colmados de fontina, piquillos y una mayonesita untuosa. El Crab Cake de cangrejo de Dungeness se hubiese sentido mucho mejor si no hubiese estado enterrado debajo de una cantidad considerable de un picadillo de vegetales y maíz, sabroso, sí, pero que opacó al delicado cangrejo. A veces más es demasiado. El dúo de cordero a las cinco especias era una chuletita y un chorizo y las cinco especias no las sentí mucho que digamos, a pesar de que el plato estaba muy bien realizado.

El RdT le puso el ojo desde que llegó a un plato que hablaba de skirt steak o falda, y no vio stir fry. Así que cuando llegó el woksito en que venían las tiritas sofritas de carne deliciosa, con sus vegetalitos en juliana y una peluca de fideos fritos encima, no estaba de muy buen talante. Expliqué y quedó medio satisfecho. Gracias a Dios que teníamos un salonero amabilísimo, Ismael, y me acuerdo por la primera línea de Moby Dick (“Llamadme Ismael”). Pero la verdadera revelación de la noche, además de la atención de Ismael y el hecho de que se conocía el menú de cabo a rabo, fue el chef pastelero, Nicolás Iturralde, y que creó un mousse de frambuesa con bombe de costra de azúcar que apunta a pericia técnica, y un log de avellanas con chocolates y crocante de arroz (rice crispies glorificados, ok, pero inteligente uso) con mucha inventiva. Tienen bar completo y carta de vinos. Dixit.

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