Dama de las pequeñas historias

Alice Munro ha publicado más de una docena de colecciones de relatos desde los años de 1960, muchos de los cuales están enfocados en mujeres jóvenes.

La grácil Alice Munro, que ganó ayer el Nobel de Literatura, no necesita mucho espacio, ni el la vida ni en la escritura.

En un pequeño escritorio, situado en un rincón de su salón en la provincia canadiense de Ontario, nacieron los cuentos que no suelen superar las 30 páginas.

En la larga carrera de esta mujer de 82 años tan solo escribió una novela, Lives of Girls and Women (“Las vidas de las mujeres”).

Por lo demás, la reina del cuento siempre se mantuvo fiel al género del relato breve, algo que según los críticos y los compañeros de profesión domina como muy pocos otros autores.

Munro es la única canadiense ganadora del Nobel de Literatura, aparte de Saul Bellow, quien nació en Canadá, pero es ciudadano estadounidense. Es la primera mujer galardonada desde Herta Mueller en 2009 y la 13 desde la institución del premio en 1901.

POR LEER

La escritora ya ha dejado de escribir. En junio pasado dijo a un diario canadiense que, probablemente, no iba a hacerlo más. “Estoy muy contenta. No es que no amase la escritura, pero uno llega a una fase en la que piensa diferente sobre su vida”.

A los fans que posiblemente decepcionase con su decisión les recomendaba leer sus obras más antiguas.

“Hay tanto para leer”, dijo. Su último libro publicado fue en 2012, Dear Life (“Mi querida vida”).

Munro tiene muchos fans, entre ellos el autor Jonathan Franzen, quien escribió sobre el libro de cuentos publicado en 2004 Runaway. “Ese libro es tan bueno que ni siquiera quiero hablar de él”, dijo. “Citar el libro o resumirlo no haría justicia al libro. Solo se le puede hacer justicia leyéndolo”.

Los relatos breves son trabajo laborioso, se lamentaba la escritora, cuyas obras son un éxito de ventas en Canadá y Reino Unido.

“La crítica literaria sigue considerando los cuentos como una suerte de ensayo para escribir novelas, como una disciplina menor e incluso yo lo creí durante mucho tiempo”, dijo Munro en una de las escasas entrevistas concedidas.

“¡Lo que sufrí al intentar escribir una novela! Hasta que finalmente me di cuenta de que el relato para mí es la forma adecuada de escribir”, dijo.

MADRE Y AMA DE CASA

Munro, conocida como la “Chéjov canadiense”, comenzó tarde a publicar. Su primer libro de cuentos vio la luz en 1968, cuando tenía casi 40 años.

El tiempo para escribir apenas lo sacaba de sus tareas como ama de casa y madre. Mientras los niños hacían la siesta o iban al colegio aprovechaba para sentarse en su pequeño escritorio.

“Sencillamente, tenía poco tiempo para escribir y nada de tiempo para grandes jugadas. Vi también que era muy práctico escribir relatos breves”, dijo.

Ya su primer libro fue premiado y los 12 de cuentos que siguieron siempre se vieron acompañados de elogios y premios, como el Governor General de Canadá, que le ha sido concedido en tres ocasiones, el National Book Circle Critics de Estados Unidos y el Man Booker International de Reino Unido.

Además, la actriz canadiense Sarah Polley debutó como directora llevando al cine uno de sus relatos en Edge of Madness (“Lejos de ella”).

Todos sus relatos guardan cierta similitud y además están estrechamente ligados a la propia vida de Munro.

Las protagonistas suelen ser mujeres, madres e hijas que viven en Ontario, donde conocen las partes trágicas o felices de la vida.

“Con esa pequeña materia se nutre el trabajo de Munro desde hace 50 años”, asegura Franzen. “Y justo esa familiaridad es lo que hace su madurez como artista tan sensacional: ve más de lo que sus pequeños ojos pueden enfocar, cuantas más veces regresa sobre un tema, más cosas encuentra”, opina.

Munro, cuya madre murió siendo ella una niña, vive todavía en Ontario parte del año y el resto en la Columbia británica, según asegura desde Lumen la editorial española que publica sus libros.

Es abuela desde hace tiempo y su segundo marido, un geógrafo, murió en abril pasado. Su editor le decía desde hace años que era favorita para el Nobel.

“Sé que si gano seré media hora inmensamente feliz, pero después pensaré: ¡qué sufrimiento!”, dijo.

Lo bueno es no tener ningún premio, lo bueno es el trabajo duro, añadió, como calvinista convencida.

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