LA VOZ DE LA ACADEMIA

Día del Idioma Español

Hay una fecha precisa e indefectible en nuestra cultura: cada veintitrés de abril, se celebra que hablemos y pensemos en español. Simplemente para loar la literatura, se le ocurrió al escritor Vicente Clavel Andrés en 1926, en Valencia, España. Pero, como las buenas ideas, cundió, fue acogida en todos los países hispanohablantes hasta la fecha.

En cada evocación de ese día existe el intrínseco propósito de un significado más allá de cualquier medida: durante esa jornada especial, cada hispanohablante, esté donde esté, se congratula íntimamente: hay otros seres que como él viven, aman y sueñan en la lengua de Cervantes, Quevedo, Sor Juana, Neruda, Borges, Rulfo, Fuentes..., la de Gabo. Un habla sin fronteras, la herencia más importante y cohesiva de quinientos millones de congéneres. Si eso no es poderío y fortaleza, qué podría serlo.

Concienciemos el significado de esto precisamente hoy. A pesar de cómo hayan sido otros abriles, en este particularmente, abrigamos tristes reminiscencias. A la introspección sobre nuestra lengua, hay que añadir que sentimos que la palabra está de luto. Ya no está nuestro insustituible demiurgo, aquel que soñó sueños imposibles hasta que les dio forma de ficciones reales y los hizo nuestros. Se ha ido el contador de historias, el dios caribeño que creó el espejo de Hispanoamérica y los dobles a quienes nos parecemos. ¿Nos abandonó? No, si así hubiera sido, qué sentido tendría hablar, pensar, leer... Gabo sigue vivo Jamás morirá, no le temió a la parca; supo siempre que “...no había nada pavoroso en la muerte...” Ella solo era una “...mujer vestida de azul, con el cabello largo, de aspecto un poco anticuado...” Él vivirá en su obra, y cada lector será testigo de que, en la lengua más hermosa del mundo, escucharemos el sonido eterno de nuestras perpetuas lluvias, las que viera la viuda Montiel en Macondo; y permanecerá claro el eco de las diatribas de Úrsula por los sueños insensatos de José Arcadio; y podrán exorcizarnos los conjuros de Melquiades; y será posible compadecernos del llanto escuálido y cándido de Eréndira; y quizás suspirar los suspiros de Remedios la bella; y quién sabe si hasta sonreír íntimamente por Mauricio Babilonia y sus mariposas amarillas... Y al final vivir mil veces nuestra América caribeña y revivir sus mitos infinitamente universales. Bendita lengua que harás posible releer para repetir “la historia en espiral”, y sentirla latir cada vez, una vez más, y en cada una, más nuestra cada vez... ¡Salud, Gabo!, por ti y por nuestra lengua. En ella, redivivo, seguirás existiendo en cada frase genial que solo fue posible en español; después de todo, siempre supiste que “...todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra”.

Por: Berna de Burrell

Directora de la Academia Panameña de la Lengua

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