Dramatizando el proceso teatral

El montaje ‘Olympia’ fue parte de la programación del séptimo Festival Internacional de Artes Escénicas de Panamá.

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La obra cuenta la historia de Olympia Angélica de Almeida Cotta, un personaje real del Brasil cuyo equivalente panameño sería María Carter Pantalones. CORTESÍA La obra cuenta la historia de Olympia Angélica de Almeida Cotta, un personaje real del Brasil cuyo equivalente panameño sería María Carter Pantalones. CORTESÍA
La obra cuenta la historia de Olympia Angélica de Almeida Cotta, un personaje real del Brasil cuyo equivalente panameño sería María Carter Pantalones. CORTESÍA

Con el Olympia del Teatro Andante de Brasil, el Festival de Artes Escénicas nos presentó el pasado lunes una clase magistral sobre la dramatización del proceso teatral.

Para los que vamos al teatro a ver el producto final del desarrollo de personajes, tramas y estructuras, Olympia es una decepción. La obra está basada en la vida de una andariega de una ciudad en el sur del Brasil que se volvió famosa a nivel internacional por las historias que compartía en las calles con turistas, artistas y políticos.

Irónicamente, Teatro Andante apuesta a contarnos la historia sobre una cuentacuentos utilizando una estructura débil y trama casi inexistente. La obra se presenta fracturada en términos de narrativa e historia y nunca llega a cuajar para sostenerse por sí misma.

En su lugar, el público es expuesto a algo más especial y muy pocas veces visto en Panamá. Con sus brazos abiertos y exquisitos movimientos de boca y frente, la protagonista, Ángela Mourão, nos presenta los sinsabores, rompimientos y acercamientos detrás del montaje de una obra de teatro.

Olympia es parte de una corriente teatral que aún se mantiene enjaulada en la academia y teatros alternativos en gran parte del mundo y propone que el proceso teatral es tan importante como el producto final y por lo tanto debe ser mostrado al público.

Es por eso que a Mourão no le interesa que el público se encariñe con Olympia. Al contrario, cuando estamos a punto de conectarnos con ella y finalmente decidir si “era loca o era rara”, Mourão rompe con el personaje y nos presenta a su otro yo, la artista que nos cuenta lo “malentendida” que es la investigación teatral en Latinoamérica. Y cuando ya estamos a punto de entender su proceso de investigación, Mourão se pone una máscara para representar el lado mágico, irreal de Olympia.

La actriz no exprime la posibilidad melodramática del momento más íntimo de la obra, cuando finalmente descubrimos los secretos que guarda Olympia en su canasta de loca de parque.

Al contrario, nos dice que ya hemos visto suficiente de Olympia y ella quiere despedirse haciendo algo que a ella, como humano, le gusta hacer: tocar el acordeón.

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