PAULO COELHO

Historias de América Latina

El poder de la imagen. Una leyenda peruana nos habla de una ciudad donde todo el mundo era feliz. Todos hacían lo que querían y se entendían bien, a excepción del alcalde, que vivía triste porque no tenía nada que gobernar. La cárcel estaba vacía, el tribunal no se utilizaba nunca, y el notario no proporcionaba ningún beneficio, pues la palabra valía más que el papel.

“Aquí falta autoridad”, pensaba el alcalde. E intentaba, de todas las formas posibles, que la gente obedeciese leyes absurdas creadas por el gobierno central. Nadie hacía caso.

Hasta que el alcalde tuvo una idea. Mandó venir operarios de muy lejos, para que cerraran con una cerca el centro de la plaza principal, y se pusieran a construir. Durante una semana, se oyeron los martillos golpeando, las sierras cortando madera, las voces de los capataces dando órdenes.

Una tarde, el alcalde invitó a todos los habitantes a la inauguración. Con gran solemnidad, se retiró la cerca y apareció una horca. Nuevecita, con la soga oscilando al viento, y la trampilla bien engrasada.

A partir de entonces, la gente se fue volviendo cada vez más triste, sin saber que estaba haciendo lo que de ella se esperaba. Empezaron a preguntarse qué hacía allí la horca, y con miedo, pasaron a dirigirse a la justicia para resolver cualquier cosa que antes se resolvía de común acuerdo. Empezaron a ir al notario, para registrar documentos que hasta entonces habían sido sustituidos por la palabra. Y empezaron a hacer caso en todo al alcalde, por miedo de violar la ley.

Nunca se utilizó la horca. Pero bastó su presencia para que todo cambiara.

Maldecir sin ton ni son.

El aprendiz blasfema, se levanta, escupe al suelo traicionero, y sigue acompañando a su maestro.

Tras una larga caminata, llegan a un lugar sagrado. Sin detenerse, el hechicero da media vuelta y comienza su viaje de vuelta.

“No me has enseñado nada hoy”, dice el aprendiz, que se cae de nuevo. “Sí lo hice, pero parece que no aprendes”, responde el hechicero. “Estoy intentando enseñarte cómo se lidia con los errores de la vida. En lugar de maldecir el sitio donde te caíste, debías buscar qué te provocó la caída”.

Dar también un poco.

Entre los presentes había un escritor pobre, y la joven decidió no pedirle nada.

“Un momento”, dijo el escritor, cuando ella pasó de largo ante él. “Yo también quiero contribuir”.

Acto seguido, escribió en un papel lo que había sucedido, y lo metió dentro del bote utilizado para recoger el dinero para dar a conocer a todos esta tragedia y que sea recordada cuando pensemos en los “pequeños incidentes de nuestras vidas”.

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