Idas y vueltas de don Julio

Julio Zachrisson dejó Panamá cuando era joven. Después viajó por Centroamérica hasta llegar a Europa. Luego fue el turno de Europa.

A Julio Zachrisson le preocupa bien poco el qué dirán. Por eso, sus opiniones no saben de claudicar ante nadie.

Su lenguaje al conversar es el de un hombre culto, divertido y sincero, pero también se nota que nunca ha dejado de ser un chico de barrio, de esa Calle Tercera, en el corregimiento de San Felipe, donde nació en 1930.

Esa sensación de estar incómodo ante las injusticias y de sentir placer por el arte, comenta que tiene orígenes claros: los inmuebles del Casco Antiguo de la ciudad y haberse formado en las aulas del Instituto Nacional.

RECORRIDO

Cuando era muchacho se inscribió en la Escuela Nacional de Pintura, ubicada en la Avenida B, donde recibió enseñanzas del maestro Juan Manuel Cedeño.

“Juan Manuel fue un personaje fuera de serie, que no ha sido del todo reconocido por este país. Me hablaba mucho de su Los Santos. Machete Viejo le llamaba yo de cariño”, recuerda.

Por entonces, Panamá dejaba de lado la cultura. “A nadie le importaba un carajo el arte, salvo excepciones. La oligarquía, que era la que podía, ni por vanidad le pedía un retrato a pintores de la época como Roberto Lewis o Humberto Ivaldi. Era una oligarquía fenicia”.

Ahora siente que hay una mayor apertura en el istmo, “hay más galerías, hay más gente que asiste a las exposiciones, aunque podría ser mejor, ¿verdad?”.

Le encantaba ir a los cafés del casco viejo, en especial al Taboga, a escuchar a sus mayores, es decir, a Alfredo Sinclair, Juan Bautista Jeanine, Ciro Oduber e Isaac Leonardo Benítez, que le contaban sobre las delicias y las amarguras del arte y de la importancia de viajar para crecer.

Entre bebidas calientes llegó a dos conclusiones esenciales: “Me faltaba mucho por aprender y si no salía de aquí estaba jodido”.

RUTA DE VIAJE

Junto a su colega Gilberto Maldonado, don Julio decidió que era hora de marchar a otras tierras. “El pintor que se ha quedado en Panamá es un valiente, pero también no deja de ser un poco cobarde. Igual, al que se va no le es fácil adaptarse a otro lado y hay que aguantar el rejo porque te fuiste de aquí”.

Era principios de la década de 1950 y la meta, llegar a México, aunque antes hicieron paradas en El Salvador y Guatemala.

Se matriculó en el Instituto de Bellas Artes de la ciudad de México. Aquello llevó a su imaginación a mundos insospechados. Fue algo impresionante ver las obras de los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, que le hablaban de revoluciones, caudillos y conquistas.

¿Cómo sobrevivió? “Es curioso, en la vida te encuentras gente que te ayuda, que te da la mano. Nos comíamos un cable, pero íbamos pa´ adelante”.

Su permanente defensa por lo precolombino nace durante su residencia en México. Allá redescubre la importancia del arte figurativo indigenista y rinde homenaje a los tesoros arqueológicos encontrados en áreas como El Caño y Sitio Conte.

Dice que los últimos vestigios de ese pasado son las molas que se confeccionan en Guna Yala. “No es artesanía, es arte. Los diseños de estas mujeres se pueden comparar con cualquier cuadro de Wassily Kandinski. Ahora los turistas les encargan cada ahuevasón”.

El Viejo Mundo

Se quedó siete años en México, donde encontró a un grupo de grandes amigos pintores que se habían formado en Italia.

En Panamá se topó con egresados procedentes de Argentina y esta vez bebía de la experiencia de otros que habían encontrado conocimientos en el Viejo Mundo.

Entonces, Europa lo llamó por su nombre en 1959.

Su periplo incluyó Italia, donde se inscribió en los talleres de Pietro Vanucci en Peruggia, así como paradas en Francia y Alemania, “tragando museos como loco y viendo, viendo, viendo”.

Después consultó su carta de navegación interna y descubrió que le faltaba todavía ver la obra de Francisco de Goya en el Museo del Prado en Madrid. Y para allá fue.

Después de recorrer Europa, se encuentra en 1961 con un Madrid que le “pareció un pueblón. La mayoría de los pintores latinoamericanos pasaba por España y se iban ligero” porque encontraron un ambiente de censura por culpa del dictador Francisco Franco y preferían irse entonces a París o Roma.

Se inscribió en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. “A medida que pasaba el tiempo le iba encontrando el gusto y me fui acostumbrando. Recibí mucha ayuda moral”.

Cuando llegó a España el grabado como tal, era un pasajero de tercera categoría en el gigantesco barco del arte. “Casi nadie sabía un carajo” sobre aguafuertes, claroscuros o aguatintas y “yo venía grabando desde mi estadía en México e Italia”.

De la noche a la mañana se dio un giro a favor del grabado en España y fue cuando recibió más de un aplauso.

PANAMÁ

Tardaría 12 años en regresar al istmo. Era el año de 1972. Dejaba a una España a la que le faltaba poco para terminar el periodo franquista y se encuentra con un istmo que albergaba una joven dictadura militar.

La dictadura militar de Omar Torrijos Herrera, vista a la distancia, “no fue tan feroz como las que se dieron por la época en Argentina o Chile, pero eso no perdona las sinvergüenzuras que hicieron los militares con el país, en especial el Cara de Piña [Manuel Antonio Noriega], un cobarde que no peleó cuando los gringos nos invadieron en 1989”.

“La invasión estadounidense no se puede olvidar. No sé por qué casi ningún pintor panameño hace alusión al tema”, se cuestiona Julio, quien siempre ha tratado en sus labores las agridulces relaciones entre Panamá y Estados Unidos, a partir de los hechos de sangre del 9 de enero de 1964, cuando un ejército norteño se enfrentó a una sociedad civil istmeña sin armas.

En el Instituto Nacional recibió enseñanzas clave sobre civismo y soberanía. “Uno salía sabiendo lo que pasaba en el país en términos de una ideología bien entendida. Ahora, los muchachos solo saben jugar PlayStation en vez de estar preocupados por la historia de nuestro país. El que no conoce su historia merece ser castigado. La nuestra es chiquita, la puedes tener toda en el puño de una mano”.

Se comprende mejor el suelo patrio desde la lejanía. “La distancia te hace ver las cosas con mayor claridad, se te salen las raíces y aumenta tu amor por la tierra”.

Está sorprendido con el Panamá de 2012. “Ya no conozco a mi país. ¿Dónde está el mar? Le preguntó a todos y me dicen que detrás de unos rascacielos. ¿Qué es eso? El progreso es bueno, pero así tampoco”.

Lamenta que en barrios de la ciudad como San Francisco y Bella Vista han tirado al suelo inmuebles emblemáticos. “Desde el más estudiado hasta el más lumpen sabía que tal edificio significaba alguna cosa, pero si lo tumbas, ¿qué pasó?”.

“Estamos en medio de una vorágine de los gobiernos y de la empresa privada. Coño, un poco de sentido común, por favor”, agrega.

“Me da tristeza lo que está pasando con Panamá. Antes si no tenías radio, no eras nadie y luego debías tener tal carro. Ahora es vivir en un apartamento lujoso”.

Se queda hasta el mes de marzo en el istmo y quiere comer sancocho, ir a la playa, viajar al interior del país y abordar un Metro Bus. “Yo cuando vengo, vengo largo. Ahora quiero venir más seguido, antes que esté más achurrado”.

class="mce"> >> Una hoja de vida ejemplar

Una de las primeras exposiciones individuales de Julio Zachrisson se montó en la Universidad de Panamá en 1960.

Desde entonces, su labor ha sido admirada en las galerías Sudamericana y Zegry de Nueva York (Estados Unidos), así como en la Colibrí, de Puerto Rico; en la Sobot, de Toronto (Canadá) y la Libraire des Colonnes de Tánger (Marruecos).

Sin olvidar que en el istmo ha estado en el hoy desaparecido Instituto Panameño de Arte, en el Instituto Nacional de Cultura, en el Museo de Arte Contemporáneo y en galerías Arteconsult, Habitante y Allegro.

COLECTIVAS

Ha participado de muestras colectivas realizadas en México, Roma, Viena y Copenhagen, Santiago de Chile, Cracovia, Londres, Washington, Berlín, Sao Paulo, Venecia y Roma.

PREMIOS

En cuanto a distinciones, obtuvo el Primer Premio de Dibujo del Instituto de Cultura Hispánica (Madrid, 1962); el Segundo Premio de Grabado que otorga esta institución en 1964; Segunda Medalla General de Bellas Artes en el XIII Salón del Grabado (Madrid, 1964); Premio “Castro Gil” del XIV Salón del Grabado (Madrid, 1967); Primer Premio de Dibujo de los Concursos Nacionales de España (1969); Primer Premio de Pintura del Concurso Soberanía (Panamá, 1975); Accésit VI Premio Grabado “Máximo Ramos” (Ferrol 1991); Accésit VI Premio Grabado Bienal de San Juan (Puerto Rico, 1992); Premio Concurso Nacional de Grabado. Academia de San Fernando (Madrid, 1993); Premio Grabado “Aragón Goya” (Zaragoza, 1996) y la Condecoración “Vasco Núñez de Balboa” (Panamá, 2006).

class="mce"> >> Tres series que son para disfrutar

La última vez que Julio Zachrisson presentó obra suya en Panamá fue hace seis años.

Aquel evento ocurrió en la Galería Allegro y la individual se titulaba “Radiografía vital”.

Ahora escoge la misma casa para brindar tres series interesantes tanto por su elaboración como por sus referencias y porque están llenas de significados.

Se trata de más de 30 piezas hechas en aguafuertes, aguatintas, linóleo, chiné collé, punta seca, litografías y trabajados sobre zinc, entre otros materiales.

La primera serie la bautizó “El mono loco”. Su intención, explica el propio creador, es que “no sepas a ciencia cierta cuál es el mono y cuál es el loco”. Le sigue “Bacanal salvaje”, en la que echa mano de la mitología griega para hablarle a la audiencia de las debilidades humanas a través de figuras entre simpáticas y aterradoras.

Mientras que la serie “El Circo” es todo un tributo a esos saltimbanquis de la antigüedad que trabajaban a sol y a sombra, y sobrevivían en sus carpas andariegas llevando magia y alegría a adultos y grandes, aunque sus existencias no siempre fueran color de rosa.

El sueño de Julio Zachrisson es montar una retrospectiva más grande en el istmo, en un futuro que espera no sea demasiado lejano.

Su meta es que sea una exposición de alto vuelo y la más grande que haya ofrecido en su tierra, que contemple obras suyas hechas desde 1954 hasta el presente. Calcula que serían más de 300 piezas entre grabados, pinturas, dibujos y un largo etcétera. “Esto que ahora veremos en la Galería Allegro es apenas un abrebocas”, promete.

DANIEL DOMÍNGUEZ Z.

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