Jaime Ingram, confidencias sobre el piano

El pianista nacional Jaime Ingram cuenta cómo y cuándo el piano llegó a su vida, y los motivos por los que lo eligió.

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A pesar de no tocar el piano públicamente desde hace más de 15 años, Jaime Ingram aún siente ese fuego que consume todo el interior al solo escuchar la melodía que se crea tras el encuentro entre las yemas de los dedos y las teclas de un piano.

Una “pasión”, como él describe y que, asegura, “en Panamá hace falta”. No entiende ni sabe por qué, pero asegura que pasarán muchos años antes de que un panameño logre entrar a un concurso como este. “No hay esa pasión en decir ´quiero ser pianista”, confiesa.

“Hace unos días, alguien me preguntó: ´¿por qué se dedica al piano?”, cuenta.

Ante una pregunta como esa, cualquiera podría imaginar una respuesta casi poética, nacida desde la inspiración y sensibilidad de un artista. “Primero, porque quise”, contesta.

Pero, “segundo, porque para mí, el piano siempre fue una pasión. Cuando uno se apasiona por algo o alguien, no se explica. Se siente y punto”, contesta, dejando entrever una afabilidad y humanidad entre una cortina de rigidez.

“Tuve la gran suerte de que a mis padres les pareciera muy buena la idea que me dedicara al piano”, cuenta.

Antes de enterarse que dicha idea era plausible para sus padres, un niño Jaime Ingram fue expuesto a la música que de profesional ejecutó junto a su esposa, la pianista Nelly Ingram.

“En mi casa, desde que era niño, se oía música clásica, porque mi papá la adoraba. Compraba los discos de Rachmaninoff, así que me acostumbré desde niño a escuchar un piano maravillosamente ejecutado”, cuenta quien, a los ocho años, se atrevió a decirle a su padre que quería tocar el piano igual que el compositor ruso. “¡Qué pretensión la mía!”, exclama.

En 1945, al terminar sus estudios secundarios del colegio La Salle, el padre de Jaime, Víctor, le asignó la tarea de pensar a qué dedicarse. Mientras sucedía eso, trabajó en Pan American World Airways, la aerolínea mejor conocida como PanAm, en la zona canalera.

Finalmente “cuando le dije a mi padre: ´creo que lo que quiero ser es pianista´. Me dijo: ´me parece que la decisión es excelente, pero te advierto: quiero un pianista, no un pianotero, porque de esos sobran. Jaime, has decidido algo muy difícil”.

¿Ve eso hoy día, el apoyo a quien desea ser músico?

Tuve alumnos con mucho talento que dejaron el piano porque sus padres les decían que morirían de hambre. Yo, inmediatamente, les decía: “Dígale a su papá que estoy escribiendo una tesis sobre los pianistas que se mueren de hambre. Que me envíen el nombre”. Existe una confusión mental.

O un estereotipo.

Políticamente estamos cargados de estereotipos.

¿Y cuáles serían los del músico panameño?

El del músico clásico, el de la alegría perenne y superficial; aunque en la música popular tenemos muy buenos ejecutantes, que manejan muy bien la salsa y el ritmo. Toda la materia.

¿Cómo evalúa hoy el quehacer pianístico de Panamá?

Ha mejorado. Pero cuando abrimos el concurso internacional, hace 12 años, abrimos también uno nacional. Ahí me di cuenta de la verdadera realidad: la pobreza pianística de este país, y para lograrlo se tiene que empezar temprano; seis o siete años y estudiar hasta los 18 años, sin interrupción y apasionadamente.

¿Ha pensado en el heredero que ocupe su lugar para continuar el concurso?

No lo he pensado nunca. Pero cualquiera que tenga buena voluntad y deseo de trabajar, lo puede hacer.

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