Manglares, grandes paliativos atmosféricos

Vecinos de una comunidad salvadoreña han tomado la iniciativa de velar por la conservación de sus manglares.

Dicen que de nada sirve lamentarse, que ante una situación difícil lo mejor que se puede hacer es tratar de mejorar el percance.

Este principio lo tenía muy claro la comunidad salvadoreña de Garita Palmera que, ante los problemas de deforestación en sus manglares, ha logrado articular un plan continuo para recuperar esta biomasa, y a su vez paliar los daños colaterales de contaminación, inundaciones, sequías y pérdida de especies y aves que se albergan en este refugio.

Ubicada en el departamento de Ahuachapán (El Salvador), en la parte baja de la cuenca del río La Paz que limita también con Guatemala, la comunidad de Garita Palmera se presentaba como una de las zonas de manglar con mayor deterioro en ese país. Datos de la oficina regional de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (Uicn) indican que registran pérdidas de hasta un 50% de sus bosques de mangle.

Una gira técnica, organizada por la Uicn en ese país, demostró algunos cambios logrados en poco menos de un año. La iniciativa forma parte del proyecto gestión del agua para la adaptación al cambio climático, que se puso en práctica en conjunto con la Unidad Ecológica Salvadoreña (Unes), y hoy resalta como una experiencia que bien podría replicarse en los países latinoamericanos que presentan el mismo riesgo.

El problema

Unas 20 comunidades viven alrededor de la zona de manglar Garita Palmera, siendo la pesca su actividad de subsistencia más relevante. No obstante, las prácticas de tala para reemplazar los humedales por sembradíos de caña y plátano y la mala utilización de la madera del mangle en construcciones y confección de carbón han ocasionado desbalances en el ecosistema, como la pérdida de la salinidad y de especies marinas, entre ellos el cangrejo azul, conocido como “punche”.

Además, de continuar el problema, las comunidades cercanas dejarían de contar con los árboles de mangle, cuya altura de aproximadamente 16 metros funciona como una cerca natural contra vientos, inundaciones, huracanes y otros fenómenos atmosféricos.

Vigilantes del manglar

Dentro del programa sobre gestión del agua que promueve la Uicn, el desarrollo de acciones comunitarias y adaptabilidad en el ecosistema se destacan como algunas de las mejores prácticas del proyecto.

Debido a que la ley salvadoreña indica que cada municipio debe responsabilizarse por la protección y gestión de sus bosques, la Asociación de Desarrollo Comunal de esa zona (Adescol) unió esfuerzos con la Uicn y Unes para crear un sistema de vigilancia conformado por vecinos del área.

“Nos pareció muy buena idea, ya que teníamos décadas de estar con estos problemas”, dijo Álvaro Orellana, uno de los vigilantes del área.

Según Orellana, quien también reside en esa zona, los Vigilantes del Manglar trabajan en conjunto con los guardarrecursos y con la policía de medio ambiente que circundan Garita Palmera. “Esto nos ha ayudado a frenar las actividades de tala y la caza de animales y especies marinas”, añadió.

Cuarenta y cinco vecinos conforman los Vigilantes del Manglar, que patrullan diariamente y de forma voluntaria unas 75 hectáreas de bosque de manglar.

De acuerdo con Orellana, hasta el momento las comunidades han respondido bien a la iniciativa y no se han registrado mayores incidentes. “Si las personas necesitan de algún ´palo´ nos lo solicitan en lugar de ir a cortarlo por su cuenta”, añade.

Garantías de sustento

Los manglares funcionan como un paliativo atmosférico. Sus raíces trabajan como refugio de peces, mariscos y reptiles que aseguran la sostenibilidad de la pesca, y sus árboles frondosos son guarida de aves migratorias del continente, algunas de ellas en peligro de extinción.

Para Marta Pérez de Madrid, de la Uicn, el enlace entre las soluciones de vida que brinda el manglar y la protección a cargo de sus comunidades aledañas son factores que reducen el riesgo de vulnerabilidad ante un desastre natural, “como una inundación o un período de sequía”.

“Si el ecosistema se mantiene saludable, ellos tendrán garantía de poder contar con alimento y sustento para sus familias”, recalcó.

En el caso de Garita Palmera, la Uicn fungió como un actor intermediario entre las comunidades y las entidades públicas a cargo de esa zona.

Carlos Flores, de Unes, explicó que como entidad ellos acompañan a las acciones comunitarias y denuncias ambientales de la zona, de modo que sean tomadas en cuenta por parte de las autoridades salvadoreñas.

Además del patrullaje en los manglares, la comunidad de Garita Palmera ha llevado adelante una iniciativa de reforestación del manglar.

Con esta actividad, que tiene escasos meses, se han logrado plantar unos 450 mil árboles en los humedales.

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