María Bonita

Los platillos solicitados en el restaurante María Bonita tuvieron sus pros y sus contras, pero en general salían adelante.

El restaurante de esta semana tiene dos ambientes. Lo que más llama la atención del interior es la decoración, a base de tapices con terciopelo, en una misma paleta de colores, pero con diseños diferentes. Le aportan cierto chic al recinto. Luego, está la terraza, cuyo centro focal es la cocina de parrilla.

El menú, entonces, obedece a estos dos ambientes: se puede decir que los propietarios colombianos han elaborado una carta con platillos internacionales de la nova trova culinaria, y además tienen una sección de carnes a la parrilla.

Comenzamos con una langosta, aún a sabiendas de que las congelan. Creo que fuimos más optimistas de lo prescrito, pues la pobre llegó un poco seca, después de haberse pasado por llama con mantequilla y hierbas.

Puedes elegir entre tres salsas y probamos las tres. Se hacen al minuto: una de teriyaki, a la que le faltó un poco de dimensión, puesto que la sal de la salsa de soja abrumó al jengibre. Otra era de mantequilla con mucho, mucho ajo fresco, y la tercera, la que más nos gustó, fue una original salsa de whisky y miel.

El salonero nos sugirió unas empanaditas de la casa crocante, que son básicamente de maíz, fritas, rellenas de carne mechadita y vienen con un “pique” criollo. Fue uno de los platos que más me gustó.

La ensalada de cangrejo que comimos vino aderezada con queso crema y contiene bastante cangrejito desmenuzado. El único problemita es que el sabor a pimentón rojo opaca un poco al cangrejo. Además, el moldecillo redondo viene con unas láminas de manzana deshidratada por encima y debajo, que le dan un toque muy interesante.

Después de eso pasamos a uno de los platos recomendados de la casa: un coctel de mariscos al Bloody Mary. La salsa, espectacular. Los mariscos, non troppo. Son de paquete, congelados, y no se llegan a integrar los sabores en absoluto.

Luego probamos el arroz caribeño del chef, que viene muy bien presentado, y además de sus mariscos, trae una salsa de parmesano con coco, pero el parmesano sala todo el plato, y ahoga al resto de sabores. No vale la pena el insumo farináceo.

Un magret (pechuga) de pato vino bastante duro, lo que no nos fascinó. No obstante, traía una salsa de café con caramelo absolutamente superlativa, que me recordó a los coffee toffees ingleses que vendían antes.

Luego pedimos un corte New York de Black Angus, que estuvo un poco duro, pero bueno para quien disfrute de la carne firme. Vino con chimichurri y con unos vegetales bastante sabrosos a la plancha: habichuelas, zanahorias, tomatines y hongos.

Y a la hora del postre, pedimos unas crêpes que estaban muy bien de grosor y sabor, aunque la textura era un poquitín dura. Vinieron con frutos del bosque, y nos gustaron mucho. El flan de coco casero me gustó más a mí que al RdT, un chef retirado de larga trayectoria (hago la salvedad de que no es “competencia” ni tiene agenda personal al respecto), y creo que fue porque se le sentía el coco rayado.

Y colorín colorado, que el almuerzo se ha acabado. Tienen barra completa y carta de vinos razonable. Dixit.

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