Sabra restaurante ´kosher´

Tanto la corvina marroquí como la torre de vegetales asados estuvieron gloriosas en este establecimiento.
AMBIENTE. Discreto, neutral, es agradable. CORTESÍA/Mateo Quijije AMBIENTE. Discreto, neutral, es agradable. CORTESÍA/Mateo Quijije
AMBIENTE. Discreto, neutral, es agradable. CORTESÍA/Mateo Quijije

La decoración en este sitio dice tan poco, que tuve que mirar la fotografía tres veces antes de decidirme. Con un poco de esfuerzo, la puedo catalogar como algo similar al “ruido blanco”, ese de la televisión cuando los canales abandonan su programación diaria.

Dicho eso, no soy del tipo que va a por el look, sino a comer. Y lo hice, estupendamente. Comenzamos con la ensalada Tel Aviv, que trajo, tras una capa nevada de feta, aguacate, tomates, aceitunas verdes y un aderezo justo en su punto.

También, entre la lista de pizzas, probamos la vegetariana (trae a los sospechosos habituales) con su pro (salsa divina) y su con (masa olvidable).

Luego, los mejores falafel que me he comido en un buen rato, crujientes por fuera, con textura divina por dentro, acompañados de ensalada griega también riquísima, con tahine y unas papas fritas muy sabrosas, y eso que no soy de alabar papas fritas.

La siguiente ronda consistió en el plato más interesante visualmente, que fue una torre de berenjenas, zucchini, morrones y hongos, con una salsa agridulce que me recordó a los cipolline cinque terra, y que además trajo, para buen provecho, un chorro de pesto.

Un wao, al igual que la corvina marroquí, que se define con una sola palabra: superlativa. Corvina delicada, perfectamente cocida, en un caldo de paprika, sobre el cual progresa una danza de sabores y texturas de garbanzos, ajos, culantro, cebollas y morrones, y que serviría gustosa en mi propia mesa.

Otro plato que me gustó fue la lasagna de ricotta, que aunque alejadísima del canon de la lasagna por carecer de la estructura prescrita, estuvo deliciosa en su sencillez: mucho queso, poca pasta y mucha salsa de tomate, de la misma de la pizza.

Un desacierto (para mí, que detesto la espinaca criolla) fue la crêpe de espinacas, ahogada en bechamel, con poquito sabor salvo por la nuez moscada de la salsa.

De postre, probamos un cinco leches también espectacular y un cake de bizcocho de chocolate, con su ganache, y una capa de manjar que supo más bien a toffy.

El servicio estuvo bien, pero éramos los únicos gatos en el sitio.

No hay carta de vinos, pero sí barra de tragos. Dixit.

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