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Secretos de un convento

Los resultados de una investigación de dos años en el convento de Santo Domingo son resumidos en una exposición didáctica.

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Maqueta ilustrativa de cómo fue el Convento de Santo Domingo, en su última etapa, antes del asedio del pirata Henry Morgan en 1671. (maqueta realizada por Gabriela Estrada) Maqueta ilustrativa de cómo fue el Convento de Santo Domingo, en su última etapa, antes del asedio del pirata Henry Morgan en 1671. (maqueta realizada por Gabriela Estrada)
Maqueta ilustrativa de cómo fue el Convento de Santo Domingo, en su última etapa, antes del asedio del pirata Henry Morgan en 1671. (maqueta realizada por Gabriela Estrada)

Un basurero en medio del patio en un claustro mantenido con limosnas que pretendió ser “ostentoso”, son algunas de las conclusiones insólitas de un estudio multidisciplinario realizado sobre las ruinas del Convento de Santo Domingo, una de las 19 estructuras que integran el Conjunto Monumental Histórico de Panamá Viejo.

Un grupo de investigadores se dio a la tarea de descifrar el pasado de aquellos restos rocosos que cargan más de 300 años de historia sobre sí y que fungieron como albergue del primer convento dominico fundado en el istmo, aunque inicialmente se levantó en 1519, en Nombre De Dios y luego fue trasladado a la ciudad de Panamá en 1565, en donde comenzó a funcionar formalmente en 1569 en una casa de madera con huerta, según detalla la exposición “Una mirada al Claustro de Santo Domingo”, montada hasta el 30 de julio en la biblioteca del Centro de Visitantes de Panamá Viejo.

El convento de los dominicos se construyó por fases, siendo primero de madera y luego se inició su construcción en mampostería probablemente entre los años 1610 y 1620.

Si bien su modelo de construcción concuerda en gran medida con una planta arquitectónica benidictina, los expertos notaron la predominancia de formas renacentistas. Además, durante las excavaciones en el claustro fueron hallados restos de azulejos de estilo sevillano, popularmente utilizados en la época como lujosa ornamentación en Sevilla (España). Lo que da a entender que la intención era construir un convento más bien “ostentoso” en una orden que presumía de sus votos de pobreza, humildad, ayuno y abstinencia.

La estructura del convento, dotado de una iglesia, tuvo alrededor de 100 años de vida activa. Sin embargo, probablemente la obra no llegó a concluirse, señalan los estudiosos, ya que el claustro fue irremediablemente abandonado tras el ataque del pirata Henry Morgan en 1671.

“El convento era un asentamiento de la vida dominicana y funcionaba como base de operaciones de los misioneros, quienes salían a realizar su labor en todo el territorio de Panamá”, destaca el documento. De hecho, en los intramuros dominicos se impartían clases para afianzar a los frailes (monjes misioneros) en la lengua indígena así como a los novicios y nativos en el estudio de teología, filosofía, gramática, retórica; así como aritmética, geometría, música y astronomía, con su grado académico de bachiller en artes, equivalente a una licenciatura hoy en día.

Las limosnas eran esenciales para el sostenimiento de la vida en el convento, en especial en las primeras etapas, por lo que los frailes se dedicaban también al cultivo de un huerto para su alimentación.

“El huerto estaba vinculado al tiempo en el que el convento era una casa de madera, pero al convertirse más tarde en una estructura de mampostería, y al pavimentarse el patio, el huerto fue reduciéndose. Esto pudo explicar la necesidad de los frailes de cultivar terrenos fuera de la ciudad”, explica la doctora Graciela Arosemena Díaz, líder del equipo de expertos que realizó la investigación.

De esta misma manera, durante una primera época funcionó en el área central del claustro un basurero, donde se depositaban restos orgánicos e inorgánicos resultado de las actividades domésticas.

Mientras que el patio central podía llegar a recibir hasta 26 mil 976 litros de agua en un día lluvioso. Aunque los investigadores aún desconocen cómo era evacuada la carga de agua, ni se ha podido comprobar, hasta el momento, la existencia de algún reservorio (aljibe) de agua, que pudiera haber sido de gran utilidad en una ciudad que confrontaba en los siglos XVI y XVII serios problemas de abastecimiento del líquido apto para consumo humano.

La investigación en el convento de Santo Domingo fue desarrollada en dos años, por cinco expertos en arqueología, arquitectura, paisaje y geofísica y con la colaboración de seis pasantes de arquitectura y arqueología.

La financiación del estudio estuvo patrocinada por la Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt) y el Patronato Panamá Viejo.

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